En aquellos años no había internet, teníamos nada más radio y televisión. La televisión era blanco y negro, aunque ya había a colores, no nos alcanzaba para una y no tenía caso gastar en ello, al pueblo llegaba sólo una señal, la del canal 2.
En la radio escuchábamos más la AM que FM, y especialmente oíamos 3 estaciones. La Z-R, la Rancherita del Aire y la B X, de Sabinas. En esta última, recuerdo, había un programa infantil para los sábados. Aún recuerdo la voz de una niña anunciando al patrocinador: “Dulcería Bermea…”. Despertar con ese sonido era señal de un día sin kínder ni escuela, un día de felicidad.
En la radio también, parece que era en la Z-R, por ahí a media mañana, sonaba una cancioncita: “Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra…” y, enseguida, una voz: “y amado hermano, te saluda tu amigo Yiye Ávila…”.
Yiye Ávila, así se llamaba el hombre de aquella voz. Hablaba como sudamericano, pero tenía el don de la sanación. Lo ejercía a través de la radio y fui testigo de cómo algunas madres de aquella época ponían las manos de sus hijos sobre los aparatos de radio mientras se oían los rezos de aquel predicador. Cosas de fe que en aquel entonces yo veía tan sensatas.
En aquellos años existía también el Carrusel Social, los Cebollazos, El Ojo de Vidrio; la radio llenaba el día entero nuestra casa y seguramente por eso, un día, uno de mis hermanos se volvió locutor.
Fueron bonitos aquellos años ingenuos. Había radio y, a veces, televisión. Lo que nunca nos faltó, fue la felicidad.


Los ciudadanos tenemos la oportunidad de reconsiderar cuál es el uso prioritario de ese cauce, podemos aprovechar la ocasión de que el canal de estiaje sea ampliado, que tenga mejor capacidad de conducción, que no se autorice de nuevo la instalación de canchas de fútbol en línea transversal a la del cauce del río, que no haya campos de golf con altos firmes que constituyan obstáculos, o enormes carpas que cubran mercados y que luego sirven de represa si el agua supera la capacidad del canal de estiaje. Podemos pensar en rediseñar las vialidades para evitar que éstas desciendan e invadan el lecho seco del río.
Los inversionistas, por su parte, dirán que operar canchas, carts, tees, mercados y otro tipo de negocios sobre el lecho del Santa Catarina, es rentable, porque si un año sus aguas suben y se llevan todo, 4, 6, 10 años les permiten operar con ganancias suficientes que compensen cualquier pérdida.