Por mi raza hablará el Piporro

Holanda Vs México

In De aquí y de allá on agosto 3, 2018 at 12:15 am

(Esta historia ha velado por 4 años el sueño de los justos. Fue escrita el 29 de junio del 2014, en la apoteosis previa al inicio del último partido de México en el Mundial del 2014, en Brasil. Veló el sueño de los justos porque primero se publicó en Facebook, lugar donde el ánimo narrativo que nutría mensualmente este blog, terminó pulverizado en varias publicaciones diarias y sin sentido; segundo, por el consabido resultado de aquel triste partido; y, tercero, por la prudencia que impone el considerar que algún protagonista de la historia llegase a leerla.

Pero el tiempo ha pasado con magistral eficacia y ya da igual si se lee o no, pues es efecto del tiempo no solo madurar las cosas, sino también irlas impregnando de cierto valemadrismo. De tal suerte que 4 años y un mes después, ahí va la [otra] triste historia de un Holanda versus México)

Hace poco más de 10 años, un amigo muy querido se consiguió una novia holandesa, o mejor dicho, la holandesa se consiguió a mi amigo, cualquier cosa que eso implique.

El caso es que mi amigo, enamorado y todo, se fue con la holandesa a Holanda. Podría decir que la holandesa se lo llevó, pero la verdad es que mi amigo no iba muy forzado que digamos, iba ilusionado y de muy buena voluntad. Era tanto su amor, el de mi amigo, que en unos cuantos meses ya hablaba ese idioma de los holandeses lleno de maars y naars; y me mandaba mails en neerlandés que yo tenía que descifrar y más o menos entendía.

Un día, un mal día, la holandesa ya no lo quiso y lo mandó a la calle. Mi amigo tuvo que vagar en las frías calles de los suburbios de Ámsterdam y anduvo por Europa hasta que me avisó que estaba en España, con otra mujer, ahora mexicana.

Otro día se embarcó y terminó en Egipto y luego en Estambul, la soñada Estambul que tanto habíamos querido conocer juntos y que a mí todavía no se me hace.

Mientras tanto, su ex novia regresó a México y un día me habló y me contó que estaba en Puerto Vallarta, en la misma playa de donde se llevó a mi amigo, que para ese entonces ya estaba en Estados Unidos. Con mi limitado inglés le dije a la holandesa que había sido muy mala onda de su parte largar a mi amigo en Holanda, aunque en realidad me habría gustado decirle que ahora me llevara a mí, aunque desde luego no en calidad de novio, sino de cuentas claras y amistades internacionales largas.

Tiempo después mi amigo volvió a México, a Torreón, a casa de sus padres. Aún le lloraba a la holandesa. De recuerdo -de martirio- además del idioma mi amigo se trajo unos dulces que decía que eran los típicos de Holanda y que ya me había platicado mucho en sus mails. En sus ratos de remembranza sacaba su bolsita de dulces holandeses y me ofrecía unos cuantos, eran unas gomas negras de un sabor horrible, cualquier dulce viejo y asoleado de mercado mexicano es mucho mejor que esos dulces holandeses amargos con que mi amigo aderezaba su tristeza y de paso me la compartía.

Con el paso de los años y las circunstancias -la amistad es así- mi amigo y yo ya no fuimos tan amigos. Dicen que viajar ilustra y él, repuesto de aquella rotura del corazón, siguió viajando por el mundo y se volvió tan ilustrado que perdimos las coincidencias. Sé que regresó a vivir a Vallarta, que ahí sigue hablando holandés y un montón de idiomas más, que de eso vive y hace su fortuna, ya sin enamoramientos ni hard feelings ni nada.

En esta historia de Holanda vs. México tampoco hubo un ‘venir de atrás’ ni un ‘darle la vuelta al marcador’. Hubo, sí, un poco de amor a la camiseta (mojada, de la holandesa) y mucha pasión; y al final del día, muchachos, un tirititito y un corazón partido (partido tan malo como aquel otro triste Holanda vs. México).

¡Hasta luego!

Gracias.

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El obelisco

In De aquí y de allá on julio 23, 2018 at 11:22 pm

En la cima de la loma de Pirineos, al sur de Sabinas, Coahuila, junto a la carretera 57, el inmigrante vasco Feliciano Iribarren Arres, afamado ganadero del septentrión, mandó construir un obelisco y colocar en un pedestal un busto del escocés Alexander Fleming, descubridor de la penicilina, en gratitud por tanta vida salvada (la historia prohibida, que siempre subyace en todas las anécdotas, cuenta que el que se salvó gracias a la penicilina fue el propio señor Iribarren).

Mauro Ibarra es un médico viejo y sabio, que consulta diariamente a pacientes de toda la región en su pequeño consultorio en la Villa de Agujita, no muy lejos de donde alguna vez estuvo el emporio del señor Iribarrén. Da consulta y consejos y desde que yo tengo memoria cura con bandas de esas que hoy los modernos llaman kinesiotape, masajes, medicamentos y, sobre todo, palabras; cuenta anécdotas y dicharachos mientras hace su trabajo, en el que se dice experto por ser lo único que hace y disfruta a la edad de sus años, en la que, según su dicho, ya no se le paran sino pacientes. Habla de humildad y de humanidad: “Las personas son maravillosas”, dice en un momento de la consulta, “conozco a decenas por día y no he encontrado dos que sean iguales en casi 40 años de ejercicio”; y remata: “la miseria es oprobiosa, pero es más oprobioso no poder dar más. La gente me dice que por qué no me voy a Monterrey o al otro lado y yo les digo que allá nadie hace falta, en cambio aquí sirvo de algo y como quiera hasta los de allá vienen.”, lo cual es verdad.

Del consultorio del doctor Ibarra, en la Villa de Agujita, decorado con imágenes de pinturas rupestres existentes en la zona, la gente sale repuesta de salud y reanimada del alma, con una sonrisa y una esperanza y con ganas de volver, aunque al médico uno procura no volver nunca; y más de uno, yo inclusive, sale con ganas de irse a la loma de Pirineos a ponerle también a Mauro, un obelisco.

Tan tán.

(Publicación actualizada con el favor de María del Pilar Alcalá Salinas)

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In Tamaulipas on enero 7, 2017 at 10:23 pm

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Podría comenzar a escribir de las heladas blancas que hicieron noticia este día, pero no lo haré.

Diré que tan bellos como los días de heladas blancas en las cumbres de la Gran Sierra Plegada, son los días de niebla.

El otro día, un día de octubre, anduve por Altas Cumbres, en la sierra que enmarca el sur de Ciudad Victoria. Tenía años de no ir por ahí.

Allá a la altura de Janambres y de Altas Cumbres, me reencontré con los encinales que crecen entre las rocas y con las nieblas que los desdibujaban mientras la tarde caía y una caravana de bochos de todos colores serpenteaba en descenso sobre el viejo camino nacional 101.

Ya de bajada, mi compañía y yo nos detuvimos en el Satuario del Caminero -que supongo que algún día fue del Camionero-; y que a diferencia de hace algunos años, ahora luce jardines de mantos azules, de nochebuenas silvestres -y no enanas como las que adornan las navidades urbanas- y floripondios en jardineras de piedra.

Mientras mis acompañantes se tomaban selfis y demás fotos, yo finjía retratar la sierra, pero en realidad trataba de alejarme del ruido para poder identificar algo que parecían gritos de mujer, que venían de algún lado de la sierra, risas y gritos que poco a poco se fueron acercando a donde yo me iba a acercando y que dejaban de parecer de humano y empezaban a parecer de algún ave o de alguna fiera.

Pienso que pudieron haber sido de zorra, o de gato montés, o de un par de zorras o de un par de gatos monteses y no es que yo sepa mucho de eso, pero me intrigaron tanto que me puse a investigar cómo hacen esos animales.

Mientras me alejaba de mi compañía y me acercaba a una construcción abandonada y un viejo portón de un rancho, apenas visible entre la hierba, aquellos gritos o aullidos o maullidos también se aproximaban hacia mí, aunque luego se fueron alejando poco a poco hasta perderse en los valles y cañones de la sierra.

No hubo mejor fotografía que la de este recuerdo que tengo: la bella sierra perdiéndose entre la noche que empezaba a caer; y entre la niebla, entre el fresco de la noche otoñal y su naturaleza que parecía haberse acercado para reconocerme, para reencontrarme, para saludarme y hacerse presente y despés despedirse e irse alejando con su canto de aulllidos o maullidos o gritos de ave o de fiera desconocida, era la bella sierra siendo ella misma, sin las manchas la urbanidad, sin el temor de violencias humanas que de alguna manera también la han mantenido a salvo, momentáneamente.

Quién sabe cuándo vuelva. Como en muchas otras ocasiones y sobre muchos otros parajes, lo he dicho ya mil veces: tal vez no volví, tal vez todavía sigo ahí.