Por mi raza hablará el Piporro

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In Tamaulipas on enero 7, 2017 at 10:23 pm

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Podría comenzar a escribir de las heladas blancas que hicieron noticia este día, pero no lo haré.

Diré que tan bellos como los días de heladas blancas en las cumbres de la Gran Sierra Plegada, son los días de niebla.

El otro día, un día de octubre, anduve por Altas Cumbres, en la sierra que enmarca el sur de Ciudad Victoria. Tenía años de no ir por ahí.

Allá a la altura de Janambres y de Altas Cumbres, me reencontré con los encinales que crecen entre las rocas y con las nieblas que los desdibujaban mientras la tarde caía y una caravana de bochos de todos colores serpenteaba en descenso sobre el viejo camino nacional 101.

Ya de bajada, mi compañía y yo nos detuvimos en el Satuario del Caminero -que supongo que algún día fue del Camionero-; y que a diferencia de hace algunos años, ahora luce jardines de mantos azules, de nochebuenas silvestres -y no enanas como las que adornan las navidades urbanas- y floripondios en jardineras de piedra.

Mientras mis acompañantes se tomaban selfis y demás fotos, yo finjía retratar la sierra, pero en realidad trataba de alejarme del ruido para poder identificar algo que parecían gritos de mujer, que venían de algún lado de la sierra, risas y gritos que poco a poco se fueron acercando a donde yo me iba a acercando y que dejaban de parecer de humano y empezaban a parecer de algún ave o de alguna fiera.

Pienso que pudieron haber sido de zorra, o de gato montés, o de un par de zorras o de un par de gatos monteses y no es que yo sepa mucho de eso, pero me intrigaron tanto que me puse a investigar cómo hacen esos animales.

Mientras me alejaba de mi compañía y me acercaba a una construcción abandonada y un viejo portón de un rancho, apenas visible entre la hierba, aquellos gritos o aullidos o maullidos también se aproximaban hacia mí, aunque luego se fueron alejando poco a poco hasta perderse en los valles y cañones de la sierra.

No hubo mejor fotografía que la de este recuerdo que tengo: la bella sierra perdiéndose entre la noche que empezaba a caer; y entre la niebla, entre el fresco de la noche otoñal y su naturaleza que parecía haberse acercado para reconocerme, para reencontrarme, para saludarme y hacerse presente y despés despedirse e irse alejando con su canto de aulllidos o maullidos o gritos de ave o de fiera desconocida, era la bella sierra siendo ella misma, sin las manchas la urbanidad, sin el temor de violencias humanas que de alguna manera también la han mantenido a salvo, momentáneamente.

Quién sabe cuándo vuelva. Como en muchas otras ocasiones y sobre muchos otros parajes, lo he dicho ya mil veces: tal vez no volví, tal vez todavía sigo ahí.

Triki triki.

In En aquellos años, San Fernando de Austria, Zaragoza on octubre 31, 2013 at 5:35 pm

Con todo y que algún nacionalista a ultranza quiera darme la contraria, he de decirles que en mi natal Zaragoza no se conmemoraba el Día de Muertos con el mismo fervor que en el sur. No digo esto con desprecio, yo qué más quisiera que decirles que el Día de Muertos en el Panteón de San Fernando es tan florido como el del mismísimo Janitzio, pero la realidad se impone y demuestra que acá el 2 de noviembre se va al panteón (vivo, claro está), a dejar flores, saludar a los presentes y comer elote, caña o tamales, si los hay en venta.

De hecho no todos van el 2, unos van antes o después para evitarse aquel tumulto. Yo, siendo niño, gustaba de ir al panteón más que a comer elotes, a encontrarme con mis primos texanos y sus hijos, que siempre venían con sus cubetas en forma de calabaza hasta el copete de dulces. Me los daban a mí, supongo que porque en aquel entonces nadie se preocupaba por si yo tenía o podía tener caries y en cambio a los niños texanos ya eso les traería alguna consecuencia. A ellos o a sus papás.

En todo caso es lo de menos, yo salía ganando y tendría dulces para el resto del año, aun en perjuicio del puestito de Liborio, aquel señor ojiverde de parca amabilidad en cuyo estanquillo alcancé a comprar todavía gomitas en forma de cereza, 5 por 50 centavos de los de antes, esto es, .05 centavos de peso de los de hoy, si es que mis matemáticas mejoraron desde el fatídico día en que Limones me dejó fuera de la prepa. (Si acaso no mejoraron, sigo siendo un chico feliz).

Pero volviendo al punto, llegó el año de mil novecientos ochenta y tantos y un 31 de octubre de aquel inmemorable año, apareció en la puerta de la casa la señorita Amelia, una vecina del barrio (¿bonito nombre, verdad?). No venía sola, la seguía una parvada de niños, ya envueltos en sábanas, ora con una toalla de capa, si bien con cualquier cosa que pareciera un disfraz. (¡Ay güey! ¡Pérate, baboso!).

“Triki-triki, triki-triki”, decían los niños, insistente pero ordenadamente casa por casa, alentados por aquella amable señorita tan apegada al catolicismo (aún hasta la fecha) con esa fe que ya sólo mantienen las personas de antes. No sé, y por ende no puedo describirlo, cómo fue que las demás familias del barrio asimilaron aquel evento acaso jamás visto, pero por lo que hace a mi casa, Amelia pasó con su séquito de gasparines por la acera de enfrente, vio a mamá, cruzó la calle, le explicó que aquellos niños pedían algún dulce o golosina y que aquella era una celebración del otro lado que a los niños les parecía muy bien. Hasta creo recordar que mencionó como organizadoras a un par de señoras ricachonas, a quienes desde luego no echaré de cabeza en esta narración a fin de no estropear su enlacado copetazo Polanco-style, a más de en todo caso no demeritar a quien anónima pero bondadosamente haya organizado aquella actividad, en la que también iban metidos sus hijos gritando “triki-triki” y recibiendo dulces, o portazos.

A falta de dulces (la verdad es que nadie en el barrio esperaba ni estaba preparado para recibir a un montón de niños pidiéndolos), mi mamá sacó al portal una cacerola de tamales y cada niño recibió un par.

Lo que siguió fue esto: Amelia le dijo a mamá que me dejara unirme a aquellos niños y mi mamá dijo que no. Con lo cual yo no podía estar más de acuerdo. Recuerden que yo era niño serio u_u; además, vestirse de gasparín o superman para recibir tamales, empanadas, dulces de calabaza, leche quemada con nuez, nuez en piloncillo y todas esas golosinas cotidianas en el pueblo (hogaño añoradísimos manjares), no se comparaba con ir al día siguiente con cara de pobrecito a recibir las cubetas de dulces gringos que mis primos texanos prohibían a sus hijos y me legaban a mí como muestra de cariño en aquella única vez al año que nos veíamos.

Años después me pregunto cómo es que el padre Urbano (párroco del pueblo), con la fama de conservador inquebrantable que se le atribuía, permitía que Amelia, devota fiel y de buena fe, guiara a aquellos niños a una práctica que aun en estos tiempos progresitas, por decirles de algún modo, con frecuencia se considera pagana y contraria a las tradiciones cristianas y más aun a las del nacionalismo indiofernandista. No sé, pero pienso que el mismo padre Urbano veía en Amelia esa misma buena voluntad, además de que ella misma se notaba contenta entre los niños y estos se veían felices. Los niños son el rostro de Dios, habría pensado padre Urbano, si me es permitido atribuirle algunas ideas aun cuando jamás lo haya tratado en persona. ¿Qué de malo podía verse entre toda aquella bondad en un pueblo tan olvidado del Vaticano?.

En fin, fue por aquel entonces cuando vi los primeros altares de muertos. En las escuelas, claro está, los maestros tomaban algún manual editado por la SEP donde se describían los elementos esenciales de los altares de muertos: la cruz de cal, la flor de cempazuchil (en mi casa se llamaban simplemente cempuales y claro está, yo siempre me apuntaba para donar unos cuantos al altar), el perro, la vela, etcétera. Ya notaron ustedes que me los enseñaron muy bien.

En el salón de tercero de primaria de la Escuela “Ford”, vi el primer altar de muerto montado (montado el altar, el muerto ya estaba muerto). Y sé que hasta la fecha es básicamente en las escuelas donde los niños y jóvenes norestenses tienen un acercamiento más ceremonial que festivo con esa celebración.

Largos años han pasado desde entonces, rara vez vuelvo a pasar en Zaragoza el Día de Muertos o el 31 de octubre, sin embargo donde ande, recuerdo con añoranza aquellos días tiernos, días de dulces gringos en el panteón y mexicanísimos tamales obtenidos a base de triki-trikis.

Nos leemos luego, gente bonita y cervecera.

Las luciérnagas.

In Coahuila, San Fernando de Austria, Zaragoza on julio 22, 2013 at 8:42 pm

Les voy a confesar una crueldad: de niño, escribía mi nombre con luciérnagas.

No era el único niño que lo hacía, aunque sé que eso no me libera de culpa. Primero, las atrapábamos en botellas, disfrutábamos verlas iluminando aquel cristal y luego, cuando empezaban a quedarse como muertas, las sacábamos una por una y con el dedo las aplastábamos sobre las paredes o las banquetas. No escribíamos todos nuestros nombres, si acaso el apodo, las iniciales, el apelativo.

Ahora que vuelvo a Zaragoza de vez en cuando y veo que ya no hay tantas luciérnagas en las noches de los patios de mi infancia, siento la pesadumbre de aquella barbaridad. Si no hubiera escrito mi nombre con luciérnagas, quizás ahora habría más. 

No sé, tal vez también faltan nogales y acequias. Cuando al pueblo vuelvo yo  y antes han vuelto las lluvias o ha corrido agua por las acequias, me siento en el patio y veo las luciérnagas titilar. Recuerdo que en la infancia algunas eran más rápidas que otras, que en mi pensamiento infantil, me parecía que algunas tenían un casco de astronauta, que quizás venían de otro planeta, que no respiraban nuestro aire y por eso tenían esa especie de burbuja trasparente en sus cabezas.

 Es claro que uno no puede volver a ser niño, pero también lo es que en los hijos o hijas de uno, uno se repite, o al menos lo intenta o lo desea. Me pregunto qué pensarían mis hijas de ver esa maravilla de las linternas iluminando tenuemente la oscuridad de los patios norestenses. Quién sabe. Otras maravillas disfrutan otras infancias en otras partes; porque el mundo siempre tiene las dos cosas, es decir, niños y maravillas, o tal vez son la misma cosa.

Este verano de lluvia, las luciérnagas volvieron a Zaragoza y también volví yo. El niño que un día fui, les pide perdón, por haber escrito mi nombre con varias de ellas.

 Nos leemos luego, raza. Gracias a todos los que pasan por acá.