Por mi raza hablará el Piporro

Archive for the ‘Así empezamos’ Category

Tal vez por ahí empezó.

In Así empezamos, En aquellos años, Zaragoza on octubre 31, 2012 at 1:02 pm

Tiempos hubo, muchachones, en que no había Internet. Sí, como lo leen: no había Internet. Había sí, muchos libros, enciclopedias y bibliotecas. Pues bien, de esos tiempos soy yo.

Llegaban al pueblo los vendedores de libros, a veces pasaban casa por casa, a veces sólo a las que ya eran clientes. Y si querías las últimas novedades, había que suscribirse al catálogo bibliográfico semestral. A veces llegaba, a veces no (el correo postal no era tan eficiente); y cuando llegaba, era un pasquín de tres o cuatro hojitas de papel amarillo. Un listado de títulos debidamente clasificados y eventualmente la imagen de la portada del libro.

Un día, papá me dejó escoger algunos de la sección infantil y yo escogí “Las mil y una noches”, mi hermano unos libros de Judo y Kung Fu, entre otros. Luego venía la larga espera de meses desde que se enviaba el pedido a vuelta de correo y llegaban los libros solicitados, previo pago por giro postal. (El giro postal era una especie de Western Union de antes, lo cual ya es mucho decir).

Llegaban también los vendedores de enciclopedias, siempre había uno que anunciaba vender la más moderna y actual. Como en la casa todos éramos estudiantes –unos brillantes, yo era más bien inquieto-, papá compró varias: la de historia universal, la técnica-científica, la ilustrada, luego la gran enciclopedia ilustrada, luego la nueva gran enciclopedia ilustrada y luego la nueva gran enciclopedia técnica científica ilustrada; y así; no podía faltar el libro del año, México a través de los siglos o las de Time Life.

El punto es que no había Internet y cuando a uno le encargaban tarea, había que buscar en la enciclopedia. Tengo el gusto y el orgullo de poder decir que jamás, jamirts, never, nev’a eva’, llegué a la escuela sin haber encontrado aunque sea un dato de aquello que nos encargaban investigar.

Pero además de las enciclopedias de consulta, había otro tipo de literatura: poesía, cuentos, diálogos, liturgias, novelas. Obras clásicas como la Ilíada, el Quijote, que por supuesto yo no leí. Era un niño, me movía más ver ilustraciones y esos libros no las tenían. Así que esos los comencé a hojear cuando ya era mayorcito.

Cuando mi curiosidad se hartó de leer y hojear las mismas enciclopedias, revistas, libros, descubrí la biblioteca municipal. Y ahí fue donde la puerca torció el rabo. De entre los quizás miles de libros de su acervo, me apasionaron los de arquitectura. Me pasaba horas de la tarde sacando libros de sus lugares, ante la mirada a veces de basilisco de la bibliotecaria. O de una de ellas, había una que era muy amable. Norma, creo que se llamaba. Parecía divertirse mucho haciendo su trabajo. En fin, ahí conocí otro tipo de arte, la escultura y la arquitectura, conocí a Tamayo, a Pedro Ramírez Vázquez, a Zabludovsky, a Carlos Obregón. De estos últimos, veía los libros que describían su obra, memorizaba los planos y luego me iba a casa, pasando antes por la papelería para comprar un par de pliegos de papel bond. Hacía mis propios planos de casas imaginarias, edificios públicos, palacios, en fin. Yo quería ser arquitecto. (Dicho sea de paso, la arquitectura me sigue apasionando, quizás ya no sueño hacerla, pero igual me embelesa apreciarla y en eso paso largos ratos de varios días al mes).

Estoy hablando, muchachones, de allá por finales de los ochentas, principios de los noventas.
Un día de aquel entonces, 92, 93, llegó al pueblo una escuela de computación. Los sedicentes maestros de la misma, recorrieron las casas buscando clientes, es decir, alumnos. Y aunque a la mía no pasaron, yo fui y los llevé. El reclutador, o lo que fuera, trataba de convencer a papá de que me inscribiera, y papá lo veía incrédulo. Yo me quedaba calladito, viendo a papá con ojos de súplica. Hasta que papá asintió. Fue mi primer encuentro con una computadora, una IBM, pantalla monocromática, verde, que sólo funcionaba con lo que entonces había: MS-DOS. Y le enseñaban a uno a programar esa cosa con los lenguajes de aquel entonces y también algo de historia de la pascalina y esas cosas. Meses después la escuela terminó en algo incierto, de todos modos papás desconfiados como el mío, no habían caído en el juego del pago por anticipado, así que el saldo a favor fue para mí, había aprendido lo suficiente, lo necesario, lo indispensable.

Para cuando llegué a la prepa, ya había más computadoras en el mundo, pero no Internet. Las 20 que había en la prepa, las usábamos para lo básico: redactar trabajos, hacer carátulas e imprimir. Yo, además, las usaba para diseñar ciudades imaginarias, edificios y banquetas, inclusive.

Pero volviendo al punto, creo que la primera vez que me encontré frente a una computadora con Internet, corría el año de ya no me acuerdo, pero creo que fue en el 96, en la única computadora con Internet que la Universidad Autónoma de Coahuila tenía en Torreón, sita en el edificio de la Coordinación, allá por el Boulevard Revolución. Fui a ver si con ella podía encontrar una tesis de jurisprudencia de la Corte, que nos habían encargado localizar. Mi sueño de ser arquitecto había quedado en eso, ahora sería abogado, era lo que estaba a la mano y me estaba funcionando. En fin, la mentada computadora no encontró nada. Lo que se suponía era Internet, era una cadena de comandos escritos en una pantalla igual de monócroma que aquella en la que me enseñaban a hacer programas de sumas y restas. Eso y nada, serían lo mismo en estos tiempos en los que la Internet es todo imágenes, color, video, interacción. Me quedé con la duda de si en realidad me estaban jugando una broma. Decepcionado, jamás volví a aquel centro de cómputo universitario.

También de paso, he de decirle que para entonces, muchachones, no había problema en que uno presentara sus trabajos hechos a máquina. Yo los hacía a mano, redactaba todo con la letra más clara posible en mi cuaderno y luego iba corriendo al Mercado Villa, en Torreón, donde había escribientes. Sí, escribientes, señoritas a las que uno pagaba para que mecanografiaran lo que uno quisiera, a razón de $1.50 la hoja.

-¿Qué dice aquí, joven? No le entiendo a su letra.
-Es que está en latín, déjeme le dicto.
-¿Y por qué les enseñan leyes en latín, si ya ni los padrecitos lo hablan?
-Pues no sé, pero usted escríbale, que ya se me hace tarde.

Debió ser hasta 1997 cuando por primera vez entré a un… creo que se llamaban “café Internet”. Grande fue mi desilusión cuando entré y lo primero que vi, fue un anuncio que decía “Prohibido entrar con alimentos o bebidas”. Es decir, que había Internet, pero no café ni galletitas. ¡Qué clase de engaño era ese!
Me senté por fin, triunfante, frente a una computadora con pantalla a colores. El dueño del establecimiento me indicó cómo conectarme, se oyó el clásico chirrido de un modem dialogando con otro –yo imaginaba que uno pedía santo y seña y el otro le contestaba-, como hacían los antiguos faxes, que creo que aún existen. Y entonces abrió el explorador.

Y ahí estaba yo, conectado a la Internet que ya en ese entonces era ¡una cooosa! (Julio Galán dix it) vertiginosa, llena de datos y peligros. Abrí Yahoo, era el buscador de moda, el punto de entrada para la red mundial, el portal de bienvenida y escribí: “Zaragoza, Coahuila”. ¡Enter!

“Ningún resultado para Zaragoza, Coahuila”.

Entonces supe que en la nueva realidad, mi Zaragoza no existía, más que en los viejos libros de historia de la biblioteca de papá. Y quizás por eso, diez u once años después, comencé este blog.

¡Saludos, raza. Que Dios les bendiga grandemente!

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No estamos muertos (Versión 2.0)

In Así empezamos on febrero 3, 2010 at 12:03 am

Volvimos al Noreste, al parecer sólo por un tiempo. Volvimos para encontrarnos con que Torreón es un baño de sangre, Saltillo tendrá un gran monumento al Sarape y otro a Cristo, por aquello de que todos somos católicos; y también para reconfirmar que Monterrey sigue siendo la ciudad más cara de México.

Volvimos para redescubrir los tesoros culinarios que esconde Ciudad Victoria, tan Norestense como Huasteca, tan capital como provincia.

Volvimos volando a 30 mil pies de altura, desde donde contemplamos -majestuoso- el Cerro de Bernal, el río Pánuco, la costa Tamaulipeca junto al Golfo de México y de pronto y, humeante, la ciudad de Tampico.

Volvimos para saber que ya no somos los mismos.

Atrás, dejamos una Ciudad de México espléndida y de cielos claros, limpios, limpísimos que cualquier regio los envidiaría. Cielos tan limpios y tan azules sólo comparables con los del verano en Nuevo Laredo.

Volvimos sólo para darnos cuenta que lo que dejamos atrás, atrás se ha quedado y que lo que vemos hoy, se ve muy distinto. De esos temas iremos hablando poco a poco en este extraño retorno a El Norestense.

¡Que comience el fandango!

¡¡AAAAaaaatshú!!

In Así empezamos on mayo 11, 2009 at 8:43 pm

¿¿¿Que por qué andamos tan ausentes???

¡¡Pues quién sabe, después del influenzaso ya nada volvió a ser normal y el ánimo bloggero se nos vino abajo a tal grado que  ni con Cialis se nos levanta!!!

Pero prometemos pronto  regresar al corral. ¿Alguna sugerencia?

(Aiga cosa [como decía San Cruz Treviño Martínez de la Garza], jamás me imaginé decir eso un día)

¡¡Ahí nos vidrios, raza!!

¡¡Moooordiiidaa, moooordiiida!!

In Así empezamos on febrero 28, 2009 at 8:00 am

Hoy se cumple el primer año de El Norestense.

8 mil visitas;
74 posts;
67 comentarios.

Ahí la llevamos. Vamos bien.  Y estas son las mañanitas que cantaba el Rey David… ajúa!

¡Ahora lléguenle al pastel raza!

(c) Let them eat cake. By Sylvia Savala

¿Qué significa ser Norestense?

In Así empezamos, De aquí y de allá on mayo 23, 2008 at 10:15 am

Según el dios Google y las estadísticas de WordPress para este blog, varias visitas al sitio surgieron de esa pregunta.

Han de dispensar, raza, que no les haya contestado antes, pero para que no se vayan de oquis, ahí les va mi propuesta.  Se aceptan observaciones!

En México, el adjetivo norestense, como referente geográfico, se aplica al territorio de los estados mexicanos de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, ubicados en la parte nororiental o “noreste” de México.

Como referente cultural, el término norestense designa a las manifestaciones culturales comunes de dichos estados, relativas al habla, la música, el baile, la alimentación, la vestimenta, etcétera; y particularmente, a las expresiones culturales comunes en las partes norte, central y sureste de Coahuila; la parte sur-central y sureste de Texas (que alguna vez formó la Provincia de Coahuila y Tejas); todo el territorio de Nuevo León y todo el territorio de Tamaulipas, que además de la geografía compartida, tienen orígenes políticos e historia común.

Aplicado a las personas, en México un norestense es todo aquél individuo que nació en Coahuila, Nuevo León, o Tamaulipas; o bien, aquel que se identifica con los referentes culturales comunes a dichos estados y a la parte sur-central y sureste de Texas.

¡Ahí nos vidrios!