Por mi raza hablará el Piporro

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Triki triki.

In En aquellos años, San Fernando de Austria, Zaragoza on octubre 31, 2013 at 5:35 pm

Con todo y que algún nacionalista a ultranza quiera darme la contraria, he de decirles que en mi natal Zaragoza no se conmemoraba el Día de Muertos con el mismo fervor que en el sur. No digo esto con desprecio, yo qué más quisiera que decirles que el Día de Muertos en el Panteón de San Fernando es tan florido como el del mismísimo Janitzio, pero la realidad se impone y demuestra que acá el 2 de noviembre se va al panteón (vivo, claro está), a dejar flores, saludar a los presentes y comer elote, caña o tamales, si los hay en venta.

De hecho no todos van el 2, unos van antes o después para evitarse aquel tumulto. Yo, siendo niño, gustaba de ir al panteón más que a comer elotes, a encontrarme con mis primos texanos y sus hijos, que siempre venían con sus cubetas en forma de calabaza hasta el copete de dulces. Me los daban a mí, supongo que porque en aquel entonces nadie se preocupaba por si yo tenía o podía tener caries y en cambio a los niños texanos ya eso les traería alguna consecuencia. A ellos o a sus papás.

En todo caso es lo de menos, yo salía ganando y tendría dulces para el resto del año, aun en perjuicio del puestito de Liborio, aquel señor ojiverde de parca amabilidad en cuyo estanquillo alcancé a comprar todavía gomitas en forma de cereza, 5 por 50 centavos de los de antes, esto es, .05 centavos de peso de los de hoy, si es que mis matemáticas mejoraron desde el fatídico día en que Limones me dejó fuera de la prepa. (Si acaso no mejoraron, sigo siendo un chico feliz).

Pero volviendo al punto, llegó el año de mil novecientos ochenta y tantos y un 31 de octubre de aquel inmemorable año, apareció en la puerta de la casa la señorita Amelia, una vecina del barrio (¿bonito nombre, verdad?). No venía sola, la seguía una parvada de niños, ya envueltos en sábanas, ora con una toalla de capa, si bien con cualquier cosa que pareciera un disfraz. (¡Ay güey! ¡Pérate, baboso!).

“Triki-triki, triki-triki”, decían los niños, insistente pero ordenadamente casa por casa, alentados por aquella amable señorita tan apegada al catolicismo (aún hasta la fecha) con esa fe que ya sólo mantienen las personas de antes. No sé, y por ende no puedo describirlo, cómo fue que las demás familias del barrio asimilaron aquel evento acaso jamás visto, pero por lo que hace a mi casa, Amelia pasó con su séquito de gasparines por la acera de enfrente, vio a mamá, cruzó la calle, le explicó que aquellos niños pedían algún dulce o golosina y que aquella era una celebración del otro lado que a los niños les parecía muy bien. Hasta creo recordar que mencionó como organizadoras a un par de señoras ricachonas, a quienes desde luego no echaré de cabeza en esta narración a fin de no estropear su enlacado copetazo Polanco-style, a más de en todo caso no demeritar a quien anónima pero bondadosamente haya organizado aquella actividad, en la que también iban metidos sus hijos gritando “triki-triki” y recibiendo dulces, o portazos.

A falta de dulces (la verdad es que nadie en el barrio esperaba ni estaba preparado para recibir a un montón de niños pidiéndolos), mi mamá sacó al portal una cacerola de tamales y cada niño recibió un par.

Lo que siguió fue esto: Amelia le dijo a mamá que me dejara unirme a aquellos niños y mi mamá dijo que no. Con lo cual yo no podía estar más de acuerdo. Recuerden que yo era niño serio u_u; además, vestirse de gasparín o superman para recibir tamales, empanadas, dulces de calabaza, leche quemada con nuez, nuez en piloncillo y todas esas golosinas cotidianas en el pueblo (hogaño añoradísimos manjares), no se comparaba con ir al día siguiente con cara de pobrecito a recibir las cubetas de dulces gringos que mis primos texanos prohibían a sus hijos y me legaban a mí como muestra de cariño en aquella única vez al año que nos veíamos.

Años después me pregunto cómo es que el padre Urbano (párroco del pueblo), con la fama de conservador inquebrantable que se le atribuía, permitía que Amelia, devota fiel y de buena fe, guiara a aquellos niños a una práctica que aun en estos tiempos progresitas, por decirles de algún modo, con frecuencia se considera pagana y contraria a las tradiciones cristianas y más aun a las del nacionalismo indiofernandista. No sé, pero pienso que el mismo padre Urbano veía en Amelia esa misma buena voluntad, además de que ella misma se notaba contenta entre los niños y estos se veían felices. Los niños son el rostro de Dios, habría pensado padre Urbano, si me es permitido atribuirle algunas ideas aun cuando jamás lo haya tratado en persona. ¿Qué de malo podía verse entre toda aquella bondad en un pueblo tan olvidado del Vaticano?.

En fin, fue por aquel entonces cuando vi los primeros altares de muertos. En las escuelas, claro está, los maestros tomaban algún manual editado por la SEP donde se describían los elementos esenciales de los altares de muertos: la cruz de cal, la flor de cempazuchil (en mi casa se llamaban simplemente cempuales y claro está, yo siempre me apuntaba para donar unos cuantos al altar), el perro, la vela, etcétera. Ya notaron ustedes que me los enseñaron muy bien.

En el salón de tercero de primaria de la Escuela “Ford”, vi el primer altar de muerto montado (montado el altar, el muerto ya estaba muerto). Y sé que hasta la fecha es básicamente en las escuelas donde los niños y jóvenes norestenses tienen un acercamiento más ceremonial que festivo con esa celebración.

Largos años han pasado desde entonces, rara vez vuelvo a pasar en Zaragoza el Día de Muertos o el 31 de octubre, sin embargo donde ande, recuerdo con añoranza aquellos días tiernos, días de dulces gringos en el panteón y mexicanísimos tamales obtenidos a base de triki-trikis.

Nos leemos luego, gente bonita y cervecera.

Las luciérnagas.

In Coahuila, San Fernando de Austria, Zaragoza on julio 22, 2013 at 8:42 pm

Les voy a confesar una crueldad: de niño, escribía mi nombre con luciérnagas.

No era el único niño que lo hacía, aunque sé que eso no me libera de culpa. Primero, las atrapábamos en botellas, disfrutábamos verlas iluminando aquel cristal y luego, cuando empezaban a quedarse como muertas, las sacábamos una por una y con el dedo las aplastábamos sobre las paredes o las banquetas. No escribíamos todos nuestros nombres, si acaso el apodo, las iniciales, el apelativo.

Ahora que vuelvo a Zaragoza de vez en cuando y veo que ya no hay tantas luciérnagas en las noches de los patios de mi infancia, siento la pesadumbre de aquella barbaridad. Si no hubiera escrito mi nombre con luciérnagas, quizás ahora habría más. 

No sé, tal vez también faltan nogales y acequias. Cuando al pueblo vuelvo yo  y antes han vuelto las lluvias o ha corrido agua por las acequias, me siento en el patio y veo las luciérnagas titilar. Recuerdo que en la infancia algunas eran más rápidas que otras, que en mi pensamiento infantil, me parecía que algunas tenían un casco de astronauta, que quizás venían de otro planeta, que no respiraban nuestro aire y por eso tenían esa especie de burbuja trasparente en sus cabezas.

 Es claro que uno no puede volver a ser niño, pero también lo es que en los hijos o hijas de uno, uno se repite, o al menos lo intenta o lo desea. Me pregunto qué pensarían mis hijas de ver esa maravilla de las linternas iluminando tenuemente la oscuridad de los patios norestenses. Quién sabe. Otras maravillas disfrutan otras infancias en otras partes; porque el mundo siempre tiene las dos cosas, es decir, niños y maravillas, o tal vez son la misma cosa.

Este verano de lluvia, las luciérnagas volvieron a Zaragoza y también volví yo. El niño que un día fui, les pide perdón, por haber escrito mi nombre con varias de ellas.

 Nos leemos luego, raza. Gracias a todos los que pasan por acá. 

El Jujuy

In Coahuila, San Fernando de Austria, Zaragoza on abril 20, 2010 at 12:04 pm

Había en el pueblo de mi infancia muchos árboles frutales. Las acequias que atravesaban el pueblo (al menos una por manzana), hacían propicio el terreno para cualquier cantidad de árboles de fruta: nogales, aguacates criollos, persimones, perales, manzanos, durazneros, membrillos, nísperos y, de entre todos, había un árbol favorito de los niños: el jujuy.

De fruta pequeña y alargada, como del tamaño de un dátil de buen tamaño, tenía una consistencia y textura parecida a la de la manzana, con una semilla al centro, dura y de puntas agudas; madura, la fruta era de tono rojo ocre y de un sabor dulce fuerte, a veces jugoso, a veces seco.

Con el fruto fresco del Jujuy las señoras de antes hacían almíbares y mermeladas que los niños degustábamos como postre, cuando llegaba el frío. Al niño norestense que un día fui, le gustaba comer los jujuyes que quedaban en el árbol deshidratados por el sol. El sabor del fruto seco era más dulce aún y yo lo describía en mi imaginación de niño como un sabor dulce añejado

Al jujuy en el pueblo también se le llamaba jujube o manzanita, era un árbol resistente y de tamaño medio, generalmente con ramas que permitían a los niños treparse a él a alcanzar sus frutos. Usualmente crecía en las áreas soleadas de los jardines y patios de las casas y ahí donde quedaba su semilla, brotaba sin necesidad de mayores cuidados.

Pese a su resistencia al extremoso clima del Valle de las Ánimas, pocos jujuyes quedan ya en el pueblo, por eso un día me ocupé de investigar su origen.

El árbol que en el pueblo se llama comúnmente Jujuy es un árbol de la especie ziziphus, originario del norte de África y Siria, de donde se cree que fue introducido a Asia y el Mediterráneo hasta llegar a España. En España se volvió tan común, que actualmente existen al menos 40 especies distintas de este árbol, distribuidas principalmente en Andalucía, Almería, Murcia, Valencia y Cataluña, lugar éste donde en catalán se le conoce como yinyol o llinllol. De ahí pasó a Francia donde se le llama Jujube y sin duda es ese el nombre con que debió llegar a mi tierra. Quién sabe en qué momento jujube se transformó en jujuy.

De España o Francia vino entonces el Jujuy hasta estas tierras zaragocenses, quizás por eso su sabor seco me parecía añejo: sabía como ese dulce olor a talco y madera vieja de las antiguas casas de las señoritas de antes, por su edad y sus costumbres más cercanas al viejo mundo que a estas tierras.

¿Dónde está la Sierra del Burro?

In Coahuila, San Fernando de Austria, Zaragoza on abril 13, 2009 at 3:21 pm

(Y con esto comienzo a dar respuesta a las búsquedas que más tráfico han enviado a este norteado blog. Espero terminar pronto)

La Sierra o serranía del Burro, es un estribación o conjunto de cordilleras inferiores paralelas a la Sierra Madre Oriental ubicada en la parte nor-central de Coahuila, entre los 28°40′-29°00′ N y 102° 00 a 102°20′ O. Tiene altura de los 500 a los 2500 metros sobre el nivel del mar. Se distribuye al como la propia SMO de sur a nor-noroeste, atravesando mayormente en el municipio de Zaragoza, pero sus partes sur y occidente se adentran en el municipio de Melchor Múzquiz y su parte norte alcanza el municipio de Acuña. En ella nacen la mayoría de los ríos de agua constante de Coahuila y es considerada una región terrestre prioritaria de conservación ecológica. Es zona de reproducción del oso negro y del castor. Y como corredor ecológico comprende el sistema de los ríos San Rodrigo – San Diego y conecta las regiones prioritarias de los Cinco Manantiales y del Bajo Río Bravo.

Da un “click” a la imagen de abajo y nos iremos a explorar mapas e imágenes satelitales de la dichosa sierra.

Sierra del Burro

Sierra del Burro

256 Años de Zaragoza: Cabalgando sin cabalgar.

In Coahuila, San Fernando de Austria, Zaragoza on febrero 1, 2009 at 12:01 am

Serán de 1980 ó 1981 mis primeros recuerdos de Zaragoza. Las mañanas frescas, las calles limpias, los nogales rebosantes de verdor y de sombra que daban casa a la ardilla, alimento a la lechuza, refugio a la mariposa y que protegían cada patio cual bóveda catedralicia.

Había tardes de cine, veranos lluviosos, inviernos con nieve, fines de semana de baile, la opción de los restaurantes y el silbato del tren que seguía sonando puntualmente a las seis de la tarde. Noches de estrellas y de luciérnagas; de croar de ranas en las acequias, de música de baile en el auditorio, de olores a resedad y a madreselva.

Desde entonces, sin embargo, sólo he visto este pueblo menguar en muchas cosas. Lo he visto caer sin detenerse en la depresión económica palpable en el ir y venir de negocios y en el sólo irse y nunca volver de los bancos; en la quiebra del cine, en el nunca volver del tren, en el cierre de las oficinas públicas, en el huir de las primeras maquilas, en la pérdida constante de fuentes de ingreso, de trabajo.

Si cuando niño jugué en montañas de trigo, luego vi desaparecer los extensos trigales y para los noventas, las nogaleras yacían muertas, embargadas por el banco. Las acequias mínimas, sucias, taponadas. Los nogales caseros murieron y la gente se fue, porque aquí, después de la secundaria ya no había nada qué hacer. ¡Yo mismo tuve que salir así!

789156417Las luchas ganadas se han olvidado y el progreso alcanzado se volvió estancamiento. Y las luchas pendientes todavía no comienzan. No comienza la lucha por reactivar la producción agrícola, ni la lucha que reactive la actividad ganadera. No comienza la lucha que defienda el agua como un bien prioritario del pueblo cada vez más escaso y, sin embargo, cada vez más explotado irracionalmente por las grandes empresas mineras y cerveceras. La lucha que genere empleos permanentes. La lucha que cuide los ríos. La lucha que regrese al pueblo la prosperidad perdida, a partir de actividades diversas de las que típicamente ya no funcionan.

Y esas luchas no comienzan porque aquí, cualquier impulso de progreso depende del dinero público y aquí, el dinero público es poco y a veces, ha sido sólo para unos cuantos. Y las luchas tampoco comienzan porque aquí, la lucha por el bienestar colectivo, pasa a segundo término ante la lucha individual por la propia subsistencia.

Mientras tanto, en el embelezo de la fiesta eterna, que es la única opción para los que en el pueblo se quedan, importa más cabalgar cada 1° de febrero que empezar la labor de las luchas pendientes; porque al final, ¿a quién le importa si el pueblo se queda sin agua, si la poca que queda se usa para hacer cerveza?

Así, el pueblo cabalga sin cabalgar, con la absoluta certeza de que las luchas pendientes que no se comienzan, son de antemano luchas perdidas. Y hoy me preguntas si Zaragoza ha cambiado y yo te respondo que sí. Ahora es un pueblo que pierde sus luchas, aun cuando las luchas no se han comenzado.

Feliz aniversario, querido Zaragoza.