Cuando abrí este blog nunca lo hice con ganas de sembrar desánimo… Por el contrario, buscaba sólo relajrme. Pero los veintitantos muertos de días pasados en Torreón, los bloqueos de hoy otra vez en Monterrey y, sobre todo, los bloqueos y la balacera acontecida hoy en Reynosa (las tres ciudades me son cercanas y entrañables), me han dejado algo preocupado en el mejor de los casos.
Hoy en Reynosa hubo perseecusiones, balazos y muertos; granadazos y amenazas de bomba. Cayeron soldados y delincuentes. Y hubo también bloqueos a la vez, de tal suerte que los ciudadanos comunes, los que no están de un lado ni del otro, como tú y como yo, enfrentaron por un lado a otros ciudadanos que les impedían el tránsito, y por otro, tuvieron que salir huyendo del combate entre federales y narcos.
Incluso, según la crónica de Enlíneadirecta, el propio alcalde y otros funcionarios municipales y estatales, tuvieron que salir huyendo de algún evento en que se encontraban.
Yo viví en Reynosa. Sé lo que son las balaceras y sé cuándo una puede ser «una más» de tantas que ahí suceden al mes. Pero lo de hoy no fue normal. Involucró en el caos a casi toda la ciudad, o al menos, los lugares más usuales y concurridos, a base de balazos, amenazas y bloqueos. Y, algo que me llama particularmente la atención, es que ese caos afectó a autoridades sin distingo alguno, e hizo que le entraran a los tiros no sólo policías federales, sino también estatales y que salieran huyendo incluso funcionarios del gobierno del Estado. Algo que desde mi humilde opinión, no es común al menos en Tamaulipas, o al menos en Reynosa, y que dice mucho del nivel en el que la ofensiva delincuencial viene planteada ahora, ya sin respeto de esas pequeñas líneas sobreentendidas que en algunos momentos los propios delincuentes han decidido respetar para mantener su propia tranquilidad en casa y que llevan a afirmar a muchos -lo que yo no puedo hacer- que han existido acuerdos entre autoridades y delincuentes.
En todo ese panorama, no quiero ser alarmista. Pero creo que el narco ya encontró el punto flaco del estado mexicano. Y ese punto flaco, es la pobreza y la necesidad económica en que se encuentran muchas familias mexicanas que, a cambio de un poco de dinero y una mochila, están dispuestos a jugarse su integridad e incluso la de sus hijos, en una lucha que técnicamente no tendría que ser suya. E igualmente ha encontrado que es fácil usar a ese México bárbaro como un instrumento más de desestabilización y, he de decir con pena, que lo está sabiendo usar muy bien.
Insisto. Yo no quiero sonar alarmista y espero que sea la única vez en que este blog tengo que hablar de un tema así de triste e inquietante. Pero creo que si no se pone atención en lo que pasó hoy, lo de mañana aquí o en Reynosa, todavía puede estar peor.
Las luchas ganadas se han olvidado y el progreso alcanzado se volvió estancamiento. Y las luchas pendientes todavía no comienzan. No comienza la lucha por reactivar la producción agrícola, ni la lucha que reactive la actividad ganadera. No comienza la lucha que defienda el agua como un bien prioritario del pueblo cada vez más escaso y, sin embargo, cada vez más explotado irracionalmente por las grandes empresas mineras y cerveceras. La lucha que genere empleos permanentes. La lucha que cuide los ríos. La lucha que regrese al pueblo la prosperidad perdida, a partir de actividades diversas de las que típicamente ya no funcionan.
Por fin, las tierras fertilísimas del Valle de las Ánimas, que antaño disputaran nómadas y colonizadores, se colmaron de los extensos trigales que acaso soñaron un día el Virrey de Horcasitas y el Gobernador Rábago y Terán. El agua de los manantiales corrió también por cada manzana del pueblo que crecía y así, cada solar fue a la vez un jardín, una huerta y una parcela. Pronto el pueblo fue una nutrida mancha verdinegra de nogales, rodeada de dorados trigos; y ahí donde la tierra no era propia para la siembra, y allá al pie de la sierra, cundió el ganado.
Cuando el régimen militar revolucionario empezó a dar lugar al régimen de los gobernantes civiles, un zaragocense -López Padilla- se convirtió en gobernador. Y como si todo estuviese condenado a las casualidades, sería el dueño del ahora llamado rancho de San Ildefonso; el mismo lugar donde en 1674, empezó a contarse toda la historia.
Por otro lado, los ataques apaches contra la villa continuaban y, por si no fuera suficiente, las persecuciones en los territorios del norte contra Comanches y Cherokees, obligaban a estos a refugiarse en los alrededores de San Fernando, trayendo así nuevos conflictos, aunque entre brincos y sobresaltos, de todos modos hubo tiempo para cambiar de nombre. San Fernando de Austria se llamaría en delante San Fernando de Rosas, honrrando así a un independentista allí nacido y al cabo terminaría siendo llamada simplemente Villa de Rosas.