Por mi raza hablará el Piporro

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Zaragoza y la democracia, o de cómo un pueblo alcanzó la madurez política. (Primera parte)

In Zaragoza on junio 11, 2010 at 10:12 am

Zaragoza, Coahuila.

Quién sabe por qué me gustaría andar en esos trotes siendo yo apenas adolescente, pero me gustaba, quizás precisamente por mi ingenuidad. De la presidencia municipal llegaban a entregar a casa la invitación dirigida a papá para la presentación del informe del alcalde y, previo aseguramiento de que papá no asistiría, el día del informe, invitación en mano, me presentaba yo en el teatro de la Casa de la Cultura designado como “recinto oficial” de aquel solemne acto político.

No había forma de que se me negara el acceso, la invitación decía claramente Eucario Adame y Eucario Adame también era yo, aunque fuera menor de edad.  Llegaba temprano, al menos veinte minutos antes de la hora indicada y por el vestíbulo de aquel teatro veía desfilar a los más destacados personajes de la clase política, empresarial y ganadera zaragocense: Pepe Galindo, Pepe Aguirre, Evelio Vara, Indalecio Zertuche, Conrado Valdés, Arnulfo Galindo, Fortunato González, Carolina Villarreal. También los líderes de los partidos de oposición: la señora Eloína, lideresa histórica del partido de izquierda en turno,  e Isidro Yáñez, del PAN; el líder social y todólogo Neftalí Rodríguez y los ciudadanos siempre presentes en los eventos de la cosa pública: Panchín Garza, el cuate Santos, Balo Garza, el profe Nieves, Severino González, Mando Vallejo, Chepo, entre otros. Uno a uno cruzaban por el lobby de la Casa de la Cultura para tomar su lugar –previo aperitivo-, en el mencionado teatro.

Luego empezaba el acto con Gilberto Ramírez como maestro de ceremonias. Lo típico: la bienvenida, la presentación del presídium en el que siempre resaltaba el enviado del Gobernador, y luego la bienvenida a los invitados especiales: alcaldes de los pueblos vecinos, delegados y comisariados ejidales de las comunidades y congregaciones campesinas más importantes del municipio, los ejidos Minerva, Zaragoza, el Remolino, Tío Pío, La Maroma, Corte Nuevo, Santa Eulalia y, eventualmente, el diputado del distrito local. A cargo de la escolta y la banda de guerra de la escuela secundaria, o de la academia comercial o de la prepa (máximas casas de estudios en aquel universo local) se desarrollaban los honores a la Bandera y, enseguida, todos de pie entonábamos el Himno Nacional.

Venía luego el informe que yo escuchaba con puntual atención y al término de éste, el mensaje del Gobernador del Estado, leído por su representante. Ya casi para terminar, el maese Gilberto Ramírez daba cuenta de una veintena de telegramas y telefonemas que, a fin de felicitar al rendidor, eran destinados por distinguidas personalidades de la política local, estatal y hasta por el presidente de la República (todos llegaban directamente a casa de Gilberto, claro, pero si acaso no llegaba alguno, a petición del interesado podía darse lectura a un mensaje como si realmente hubiese llegado). Al final, una cena para invitados especiales, a la que yo no asistía porque ya hubiese sido demasiado osado de mi parte.

Aquellos actos solemnes que tanto me atraían hacia la cosa pública no duraron mucho. Entrando la última década del siglo pasado, los rituales del priísmo empezaron a trastabillar, no sé si en otras partes, pero al menos en Zaragoza. Las ideas de democracia y soberanía popular habían superado el “Vote Así” (con una cruz sobre el emblema del Partido Revolucionario) a que se reducían en los años setentas y ochentas,  y ahora revelaban al pueblo otros conceptos tan elementales como asequibles, de los cuales, para todos, sin más trámites y formas, resultaba muy lógico echar mano e incluso defenderlos.

A partir de esa nueva noción de la democracia que aparecía tan lógica y natural, terminaría el régimen de los partidos y empezaría el juicio de los ciudadanos y mi pueblo, antes de que lo hicieran algunas de las grandes urbes de Coahuila, empezaría por echar a la calle a un alcalde, actuando en defensa de los intereses públicos.

No eran estaciones, sino tiempos…

In Dicharachero, Zaragoza on junio 3, 2010 at 8:46 pm

-Antes eran otros tiempos- dijo mi mamá con parsimonia. –Uno podía amarrar al perro con longaniza y no se la comía, remató, arrancando carcajadas en la concurrencia de aquella tarde en la cocina de la casa, donde se trataba el espinoso asunto del robo de la camioneta usada para las faenas del rancho.

Luego siguió hablando de la cercanía de la cuaresma, de los chicales y los nopalitos y del tiempo de flor.

¿Tiempo de flor? pregunté.

Sí, tiempo de frío, tiempo de calor y tiempo de flor.

– Aaah, ya veo, primavera!, dije yo. Ese no me lo sabía. En mis tiempos nada más había dos tiempos: el de frío y el de calor.

– Pues es que ya la gente se ha vuelto muy güevona, hijo. Son 4 tiempos: tiempo de frío, tiempo de flor, tiempo de calor y tiempo de cosechas.

Y ya no le seguí. A mi mamá nadie le gana. Me hice un taco de mantequilla con una tortilla de harina recién hecha  y me quedé callado.

¡Nos leemos luego!

Chulísima reflexión.

In Coahuila on abril 26, 2010 at 9:43 pm

«Tal vez los nómadas no se han ido y siguen vigilando sus territorios. Eso debe ser, en cada pintura o grabado están presentes. El desierto fué su hogar, la madre que dió vida y forjó con esfuerzo su cultura.»

Con esa chulísima reflexión, mi amigo y paisano Rodolfo López concluye sus apuntes de viaje a San José de las Piedras. Los invito a que lo acompañen, dando click en la siguiente imagen:

Disfrútenlo. ¡Nos leemos luego!

 

El Níspero

In Zaragoza on abril 21, 2010 at 8:05 pm

El otro árbol favorito de mi infancia, era el níspero. Había uno en el patio de mi casa y bajo su sombra me gustaba bañarme con la manguera. Además, este níspero era un árbol que resultaba ser como aquellas aguas de limón que parecen de sandía pero saben a piña, vendidas por el Chavo del 8.

En el pueblo le llamaban níspero japonés, pero en realidad era chino. Su fruto tenía piel de durazno, color de mango, forma de chabacano, sabor a uva y semillas de tamarindo. A diferencia del jujuy, el níspero necesitaba agua abundante y por lo general no duraban mucho. De pronto, de la nada, secaban sus hojas y el árbol moría. Sin embargo, al igual que el jujuy, sus semillas germinaban fácilmente en cualquier maceta, por eso llegaron a abundar en el pueblo. Si mal no recuerdo, el níspero era el único árbol en el jardín de la casa que permanecía verde, aun en el invierno.

Según los expertos, el níspero (Eriobotrya japonica) es de origen chino pero más cultivado en Japón, de donde se cree que llegó a Hawai y de ahí a California; de California fue traído a Texas y de Texas a México, donde se adaptó bien al clima americano hasta llegar a Brasil. Siguiendo ese camino, fue también que llegó a Coahuila allá por el siglo antepasado. 

Árbol favorito de mi infancia norestense, era también el níspero. Por fortuna, en la casa todavía queda uno y por estas fechas ha de estar ya tupido de frutos.

¡Nos leemos luego, raza! Saludeeees..

El Jujuy

In Coahuila, San Fernando de Austria, Zaragoza on abril 20, 2010 at 12:04 pm

Había en el pueblo de mi infancia muchos árboles frutales. Las acequias que atravesaban el pueblo (al menos una por manzana), hacían propicio el terreno para cualquier cantidad de árboles de fruta: nogales, aguacates criollos, persimones, perales, manzanos, durazneros, membrillos, nísperos y, de entre todos, había un árbol favorito de los niños: el jujuy.

De fruta pequeña y alargada, como del tamaño de un dátil de buen tamaño, tenía una consistencia y textura parecida a la de la manzana, con una semilla al centro, dura y de puntas agudas; madura, la fruta era de tono rojo ocre y de un sabor dulce fuerte, a veces jugoso, a veces seco.

Con el fruto fresco del Jujuy las señoras de antes hacían almíbares y mermeladas que los niños degustábamos como postre, cuando llegaba el frío. Al niño norestense que un día fui, le gustaba comer los jujuyes que quedaban en el árbol deshidratados por el sol. El sabor del fruto seco era más dulce aún y yo lo describía en mi imaginación de niño como un sabor dulce añejado

Al jujuy en el pueblo también se le llamaba jujube o manzanita, era un árbol resistente y de tamaño medio, generalmente con ramas que permitían a los niños treparse a él a alcanzar sus frutos. Usualmente crecía en las áreas soleadas de los jardines y patios de las casas y ahí donde quedaba su semilla, brotaba sin necesidad de mayores cuidados.

Pese a su resistencia al extremoso clima del Valle de las Ánimas, pocos jujuyes quedan ya en el pueblo, por eso un día me ocupé de investigar su origen.

El árbol que en el pueblo se llama comúnmente Jujuy es un árbol de la especie ziziphus, originario del norte de África y Siria, de donde se cree que fue introducido a Asia y el Mediterráneo hasta llegar a España. En España se volvió tan común, que actualmente existen al menos 40 especies distintas de este árbol, distribuidas principalmente en Andalucía, Almería, Murcia, Valencia y Cataluña, lugar éste donde en catalán se le conoce como yinyol o llinllol. De ahí pasó a Francia donde se le llama Jujube y sin duda es ese el nombre con que debió llegar a mi tierra. Quién sabe en qué momento jujube se transformó en jujuy.

De España o Francia vino entonces el Jujuy hasta estas tierras zaragocenses, quizás por eso su sabor seco me parecía añejo: sabía como ese dulce olor a talco y madera vieja de las antiguas casas de las señoritas de antes, por su edad y sus costumbres más cercanas al viejo mundo que a estas tierras.