Por mi raza hablará el Piporro

Archive for the ‘Norestense’ Category

Y el Río Fiera Bramó de nuevo…

In Monterrey, Nuevo León on julio 2, 2010 at 11:08 am

Ahora a reconstruir, ayudar y aprender.

¿O cómo la ven?

Cobardía. Infamia.

In Tamaulipas on junio 28, 2010 at 12:41 pm

Cuando asesinaron a Juan Antonio Guajardo, en Río Bravo, publiqué en otro blog lo siguiente:

«Hoy, a las seis de la tarde, Juan Antonio Guajardo fue asesinado, junto con dos elementos de la Agencia Federal de Investigaciones. La delincuencia lo calló.

El hecho por sí solo es lamentable. Cualquier pérdida de una vida humana en esas condiciones, lo es. Pero si pensamos que, además, el asesinado no sólo representaba sus propias ideas, intereses y convicciones, sino también las de cierto grupo de la comunidad, el mismo que lo llevó en más de una ocasión a ocupar puestos de elección popular, su asesinato supera lo lamentable, para convertirse en una infamia.

Por cierto, Juan Antonio Guajardo, desde su posición de candidato, denunció la infiltración del narco en las campañas políticas y la intimidación de que estaba siendo objeto por parte de la delincuencia organizada. Su muerte hoy, es la triste confirmación de una realidad política deleznable, en la que la delincuencia también juega sus cartas. Contra eso, habrá quienes opten por declarar en términos “políticamente correctos” que la narcopolítica no existe, pero a quienes así se pronuncien, una frase les aplicará cabalmente: no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Juan Antonio Guajardo es ahora un hombre muerto, pero con todo y sus arrebatos, en su comunidad, muchos lo recuerdan como un auténtico representante de su pueblo y como un funcionario público ejemplar. Sobre quienes ejercen ahora el poder en Tamaulipas, y especialmente, sobre quienes ejercen funciones de investigación criminal y procuración de justicia, hay una nueva carga: el asesinato de Juan Antonio Guajardo, no debe quedar impune, aunque quizás, como muchos otros crímenes en ese Estado, finalmente el tiempo lo condenará al olvido.

Y entonces la justicia -otra vez la justicia- quedará en evidencia. Y la delincuencia -otra vez la delincuencia- nos habrá ganado.»

Hoy, ante el asesinato de Rodolfo Torre, candidato del PRI al gobierno de Tamaulipas, pienso exactamente lo mismo. Descanse en paz. Mis condolencias a sus deudos y a los electores que se quedan sin su candidato.

Recuerdos del Auditorio

In Zaragoza on junio 24, 2010 at 2:03 pm

Yo fui pocas veces, era muy niño todavía, pero desde el patio de la casa oía el ir y venir del sonido del baile en el auditorio de Zaragoza. El viento llevaba y traía cada canción:

…que la dejen ir al baile sola, solita y sola, solita y sola…

…ya llegó el manisero, ya llegó…

…baila este ritmo que es la pura sabrosura….

…ay Cipriano, se quema el monte, ay Cipriano se quema el monte…

Como diría mi mamá: eran otros tiempos. Recuerdos de aquellas noches de verano y viento fresco en que, desde el patio de la casa, escuchaba la música de los bailes del auditorio.

Recuerdos que van y vienen, como aquella música que llevaba y traía el viento y que ahora me llenan de nostalgia.

¡Hasta luego!

Zaragoza y la democracia, o de cómo un pueblo alcanzó la madurez política. (Tercera parte)

In Zaragoza on junio 11, 2010 at 12:57 pm

Después de los eventos del 5 de Mayo de 1992, la noción de la política en el pueblo había alcanzado otra dimensión. Ya no correspondía su práctica sólo a los líderes de los partidos y a los partidarios de siempre, pues el pueblo había descubierto el peso específico de su voluntad, ejercida fuera de los esquemas dictados por lo políticamente correcto.

Además, en el país habían empezado a soplar vientos distintos. El priísmo había visto morir a su mejor candidato para la presidencia de la República en las elecciones del 94 y el que fuera el mejor de los priístas, Carlos Salinas de Gortari, había dejado al País hundido en una realidad que hasta el último día de su sexenio nadie alcanzaba siquiera a vislumbrar.

En el ámbito municipal, terminadas las funciones transitorias del concejo municipal del 92, el Congreso designó a Ervey Zulaica como alcalde interino y en las posteriores elecciones la alcaldía fue ocupada por el doctor Eleuterio Villalobos, a quien tocó vivir un primer periodo en el que la comunidad no veía ya con el mismo respeto –y mucho menos con sumisión- la figura del alcalde, dejando una sensación de vacío institucional. El PRI, además, estaba todavía más fracturado que en los días posteriores al 5 de Mayo del 92.

El descontento contra los hechos de los priístas en el país y los hechos de los priístas en el municipio, sumados a la nueva conciencia democrática de los ciudadanos comunes, abría nuevas oportunidades para los principales partidos de oposición.

El PAN supo aprovechar la oportunidad. En las siguientes elecciones, no dudó en arriesgarse a ir a la campaña por la alcaldía con un candidato totalmente ajeno al partido, pero sin duda cercano a los ciudadanos comunes, esos que recién habían descubierto que eran quienes en realidad mandaban. Con esa buena decisión, atraía a los ciudadanos que normalmente no tenían una militancia determinada y de paso se hacía de los votos de los otrora priístas quienes no sentirían culpa al votar por un hombre que, del todo, no era panista.

Para 1997, Matías Berrones Velarde, un hombre sencillo, desinteresado de la política y hasta entonces dedicado de lleno al trabajo en sus propios negocios, era en suma el prototipo de aquellos que años atrás habían salvado la pública dignidad y por ello habría de ser presidente. Por vez primera en el municipio, el PRI perdería las elecciones.

De la mano de Villa Unión y de Torreón, Zaragoza  inauguraba una importante etapa de alternancias partidistas en las municipalidades de Coahuila que, a la sazón, darían impulso a la postulación y triunfo de Vicente Fox en las elecciones federales del 2000. Esto último para los zaragocenses no sería una gran sorpresa (dimensión guardada), sino el resultado de algo que desde 1992 se veía venir, el priísmo perdería su hegemónico dominio por el descontento social que habían ido acumulando, tan pronto quedara superada la democracia paternalista del “vote así”.

Las cosas en el país habrían cambiado, pero en Zaragoza innegablemente lo habían hecho años antes, orgullosamente, desde lo local. Luego de Matías Berrones el priísmo recuperaría la presidencia municipal, que hasta ahora no ha soltado, pero lo que no se perdería sería la conciencia de que son ciudadanos los que con su voto eligen a un ciudadano por sus propias cualidades, más allá de las filiaciones partidistas y de los planes de los partidos.

La democracia en Zaragoza, había madurado.

Zaragoza y la democracia, o de cómo un pueblo alcanzó la madurez política. (Segunda parte)

In Zaragoza on junio 11, 2010 at 10:36 am

Para los primeros años de la década de los noventas, Reynaldo “el Güero” Salinas se había convertido en el alcalde de Zaragoza por voluntad popular y, por esa misma voluntad, habría de terminar su mandato antes de lo constitucionalmente previsto.

Los cuestionamientos ciudadanos hacia la administración que encabezaba incluían de todo, desde la falta de cuentas claras sobre el manejo de los recursos públicos, hasta la deficiente atención de los trámites gestionados por la ciudadanía, la ausencia de obras indispensables en algunos sectores y, sobre todo, las acusaciones de nepotismo y despilfarro. Dichos reclamos tuvieron como punto de quiebre la celebración del desfile del Cinco de Mayo de 1992, máxima conmemoración cívica en el pueblo, por estar dedicada precisamente al héroe cuyo nombre ostentó la ciudad.

Aquel día los ciudadanos de a pie exigieron la presencia del Alcalde para encabezar como de costumbre el desfile, pero éste no apareció; cuando por fin lo hizo su actitud fue cínica y soberbia. Despreció la presencia de los maestros líderes de la comunidad, de los alumnos que encabezarían aquella caminata y aun los honores a los símbolos patrios con que la ceremonia empezaba y daba fin. Herida la comunidad en aquellos derechos que consideraba que le correspondían y más aún en aquello que tradicionalmente y por patriotismo todos antes habían respetado, pronto sus reclamos cambiaron de nivel.

Ni tan lejos de aquellos años en los que la única cuenta que se daba al pueblo era con pompa y lucimiento político, aquel Cinco de Mayo el pueblo pasó de esperar cuentas a demandar la cárcel para el alcalde que quedó secuestrado en su oficina por un grupo encabezado por ciudadanos comunes y no por la localmente encumbrada clase política zaragocense.

Para mediodía, aquel pequeño grupo sumó adeptos echando mano de una herramienta de convocatoria ideal (ideal, en todas las acepciones de la palabra). Se hizo sonar la réplica de la Campana de Dolores que pendía del modesto edificio de la presidencia, que hasta ese entonces sólo había sonado cada 15 de septiembre, en conmemoración solemne de la independencia de México.

Sonó entonces aquella simbólica Campana, anunciando la determinación de un pueblo (no de un partido, no de una agrupación política o social determinada, sino de un pueblo), en defensa de su propia dignidad y nadie, ni aun la policía municipal ni el párroco de San Fernando, a quienes tocaba ejercer la autoridad cuando ya nadie podía ejercerla, se atrevieron siquiera al menos a intentar contener aquellas voluntades. Tampoco nadie defendió al alcalde o a su familia que permanecieron encerrados en una oficina de la presidencia.

Para el día siguiente el asunto había llamado la atención del Gobierno del Estado. Un representante del gobernador, otro del Congreso y un subsecretario de gobierno, hicieron acto de presencia en el pueblo sin lograr convencer a los ciudadanos de una solución distinta a la renuncia del edil. Al paso de las horas la protesta quedó en silencio, dentro de la presidencia se sostenía una reunión decisiva entre los representantes de las autoridades estatales, el alcalde cuestionado y algunos ciudadanos designados por la concurrencia para representar al pueblo; mientras que afuera, toda la calle de Allende, entre Hidalgo y Zaragoza, se encontró repleta de zaragocenses en protesta y en espera de noticias.

Al final del día, ya casi a la media noche, se empezó a trasparentar la solución. Reynaldo “el Güero” Salinas había dejado de ser presidente y el gobierno de Zaragoza quedaba temporalmente a cargo de un concejo municipal; un concejo de notables integrado por 32 ciudadanos en su mayoría ajenos a las filiaciones partidistas, pero que sin excepción, tenían el apoyo y reconocimiento moral de los pobladores.

Al segundo día de aquellas protestas el pueblo cantaba victoria, aseguraba la buena administración del erario y una mejor atención de la cosa pública; pero más allá, Zaragoza se hacía de una ganancia descomunal y trascendente: el pueblo había afirmado su propia libertad y había demostrado, dignamente, que el pueblo mandaba.

Con el paso de los años el pueblo refrendaría aquella victoria y lo haría en formas menos desesperadas pero también contundentes y aleccionadoras. No sería un alcalde, sino un partido, el que saldría del Ayuntamiento.