Por mi raza hablará el Piporro

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El candidato.

In En aquellos años, Zaragoza on septiembre 10, 2010 at 10:23 pm

En aquellos años José López Portillo era presidente de México. Yo no sabía de esas cosas, recién había nacido a finales de los setentas, pero un día llegó a casa una noticia: el candidato visitaría el pueblo.

De la mano de mamá llegué primero a la esquina de Allende y Zaragoza. Apenas alcancé a distinguir entre la multitud un autobús blanco. Luego llegamos a la esquina de Zaragoza y Aldama y –no sé si haya sido mi pensamiento mágico de niño, o si realmente así fueron las cosas-, una voz de mujer empezó a pronunciar un nombre: Miguel de la Madrid Hurtado, Miguel de la Madrid Hurtado, Miguel de la Madrid Hurtado.

Yo nunca vi al candidato, sólo recuerdo que entre la multitud se movía despacio una camioneta parecida a la que en aquellos años usaban los llamados Ángeles Verdes.

Eso fue cuando yo tendría apenas unos 3 o 4 años. Hoy, sé que desde entonces ningún otro candidato presidencial volvió a visitar Zaragoza.

Nos leemos luego, raza. Festejen los bonitos recuerdos que guardan de este país.

Recuerdos del Auditorio

In Zaragoza on junio 24, 2010 at 2:03 pm

Yo fui pocas veces, era muy niño todavía, pero desde el patio de la casa oía el ir y venir del sonido del baile en el auditorio de Zaragoza. El viento llevaba y traía cada canción:

…que la dejen ir al baile sola, solita y sola, solita y sola…

…ya llegó el manisero, ya llegó…

…baila este ritmo que es la pura sabrosura….

…ay Cipriano, se quema el monte, ay Cipriano se quema el monte…

Como diría mi mamá: eran otros tiempos. Recuerdos de aquellas noches de verano y viento fresco en que, desde el patio de la casa, escuchaba la música de los bailes del auditorio.

Recuerdos que van y vienen, como aquella música que llevaba y traía el viento y que ahora me llenan de nostalgia.

¡Hasta luego!

Zaragoza y la democracia, o de cómo un pueblo alcanzó la madurez política. (Tercera parte)

In Zaragoza on junio 11, 2010 at 12:57 pm

Después de los eventos del 5 de Mayo de 1992, la noción de la política en el pueblo había alcanzado otra dimensión. Ya no correspondía su práctica sólo a los líderes de los partidos y a los partidarios de siempre, pues el pueblo había descubierto el peso específico de su voluntad, ejercida fuera de los esquemas dictados por lo políticamente correcto.

Además, en el país habían empezado a soplar vientos distintos. El priísmo había visto morir a su mejor candidato para la presidencia de la República en las elecciones del 94 y el que fuera el mejor de los priístas, Carlos Salinas de Gortari, había dejado al País hundido en una realidad que hasta el último día de su sexenio nadie alcanzaba siquiera a vislumbrar.

En el ámbito municipal, terminadas las funciones transitorias del concejo municipal del 92, el Congreso designó a Ervey Zulaica como alcalde interino y en las posteriores elecciones la alcaldía fue ocupada por el doctor Eleuterio Villalobos, a quien tocó vivir un primer periodo en el que la comunidad no veía ya con el mismo respeto –y mucho menos con sumisión- la figura del alcalde, dejando una sensación de vacío institucional. El PRI, además, estaba todavía más fracturado que en los días posteriores al 5 de Mayo del 92.

El descontento contra los hechos de los priístas en el país y los hechos de los priístas en el municipio, sumados a la nueva conciencia democrática de los ciudadanos comunes, abría nuevas oportunidades para los principales partidos de oposición.

El PAN supo aprovechar la oportunidad. En las siguientes elecciones, no dudó en arriesgarse a ir a la campaña por la alcaldía con un candidato totalmente ajeno al partido, pero sin duda cercano a los ciudadanos comunes, esos que recién habían descubierto que eran quienes en realidad mandaban. Con esa buena decisión, atraía a los ciudadanos que normalmente no tenían una militancia determinada y de paso se hacía de los votos de los otrora priístas quienes no sentirían culpa al votar por un hombre que, del todo, no era panista.

Para 1997, Matías Berrones Velarde, un hombre sencillo, desinteresado de la política y hasta entonces dedicado de lleno al trabajo en sus propios negocios, era en suma el prototipo de aquellos que años atrás habían salvado la pública dignidad y por ello habría de ser presidente. Por vez primera en el municipio, el PRI perdería las elecciones.

De la mano de Villa Unión y de Torreón, Zaragoza  inauguraba una importante etapa de alternancias partidistas en las municipalidades de Coahuila que, a la sazón, darían impulso a la postulación y triunfo de Vicente Fox en las elecciones federales del 2000. Esto último para los zaragocenses no sería una gran sorpresa (dimensión guardada), sino el resultado de algo que desde 1992 se veía venir, el priísmo perdería su hegemónico dominio por el descontento social que habían ido acumulando, tan pronto quedara superada la democracia paternalista del “vote así”.

Las cosas en el país habrían cambiado, pero en Zaragoza innegablemente lo habían hecho años antes, orgullosamente, desde lo local. Luego de Matías Berrones el priísmo recuperaría la presidencia municipal, que hasta ahora no ha soltado, pero lo que no se perdería sería la conciencia de que son ciudadanos los que con su voto eligen a un ciudadano por sus propias cualidades, más allá de las filiaciones partidistas y de los planes de los partidos.

La democracia en Zaragoza, había madurado.

Zaragoza y la democracia, o de cómo un pueblo alcanzó la madurez política. (Segunda parte)

In Zaragoza on junio 11, 2010 at 10:36 am

Para los primeros años de la década de los noventas, Reynaldo “el Güero” Salinas se había convertido en el alcalde de Zaragoza por voluntad popular y, por esa misma voluntad, habría de terminar su mandato antes de lo constitucionalmente previsto.

Los cuestionamientos ciudadanos hacia la administración que encabezaba incluían de todo, desde la falta de cuentas claras sobre el manejo de los recursos públicos, hasta la deficiente atención de los trámites gestionados por la ciudadanía, la ausencia de obras indispensables en algunos sectores y, sobre todo, las acusaciones de nepotismo y despilfarro. Dichos reclamos tuvieron como punto de quiebre la celebración del desfile del Cinco de Mayo de 1992, máxima conmemoración cívica en el pueblo, por estar dedicada precisamente al héroe cuyo nombre ostentó la ciudad.

Aquel día los ciudadanos de a pie exigieron la presencia del Alcalde para encabezar como de costumbre el desfile, pero éste no apareció; cuando por fin lo hizo su actitud fue cínica y soberbia. Despreció la presencia de los maestros líderes de la comunidad, de los alumnos que encabezarían aquella caminata y aun los honores a los símbolos patrios con que la ceremonia empezaba y daba fin. Herida la comunidad en aquellos derechos que consideraba que le correspondían y más aún en aquello que tradicionalmente y por patriotismo todos antes habían respetado, pronto sus reclamos cambiaron de nivel.

Ni tan lejos de aquellos años en los que la única cuenta que se daba al pueblo era con pompa y lucimiento político, aquel Cinco de Mayo el pueblo pasó de esperar cuentas a demandar la cárcel para el alcalde que quedó secuestrado en su oficina por un grupo encabezado por ciudadanos comunes y no por la localmente encumbrada clase política zaragocense.

Para mediodía, aquel pequeño grupo sumó adeptos echando mano de una herramienta de convocatoria ideal (ideal, en todas las acepciones de la palabra). Se hizo sonar la réplica de la Campana de Dolores que pendía del modesto edificio de la presidencia, que hasta ese entonces sólo había sonado cada 15 de septiembre, en conmemoración solemne de la independencia de México.

Sonó entonces aquella simbólica Campana, anunciando la determinación de un pueblo (no de un partido, no de una agrupación política o social determinada, sino de un pueblo), en defensa de su propia dignidad y nadie, ni aun la policía municipal ni el párroco de San Fernando, a quienes tocaba ejercer la autoridad cuando ya nadie podía ejercerla, se atrevieron siquiera al menos a intentar contener aquellas voluntades. Tampoco nadie defendió al alcalde o a su familia que permanecieron encerrados en una oficina de la presidencia.

Para el día siguiente el asunto había llamado la atención del Gobierno del Estado. Un representante del gobernador, otro del Congreso y un subsecretario de gobierno, hicieron acto de presencia en el pueblo sin lograr convencer a los ciudadanos de una solución distinta a la renuncia del edil. Al paso de las horas la protesta quedó en silencio, dentro de la presidencia se sostenía una reunión decisiva entre los representantes de las autoridades estatales, el alcalde cuestionado y algunos ciudadanos designados por la concurrencia para representar al pueblo; mientras que afuera, toda la calle de Allende, entre Hidalgo y Zaragoza, se encontró repleta de zaragocenses en protesta y en espera de noticias.

Al final del día, ya casi a la media noche, se empezó a trasparentar la solución. Reynaldo “el Güero” Salinas había dejado de ser presidente y el gobierno de Zaragoza quedaba temporalmente a cargo de un concejo municipal; un concejo de notables integrado por 32 ciudadanos en su mayoría ajenos a las filiaciones partidistas, pero que sin excepción, tenían el apoyo y reconocimiento moral de los pobladores.

Al segundo día de aquellas protestas el pueblo cantaba victoria, aseguraba la buena administración del erario y una mejor atención de la cosa pública; pero más allá, Zaragoza se hacía de una ganancia descomunal y trascendente: el pueblo había afirmado su propia libertad y había demostrado, dignamente, que el pueblo mandaba.

Con el paso de los años el pueblo refrendaría aquella victoria y lo haría en formas menos desesperadas pero también contundentes y aleccionadoras. No sería un alcalde, sino un partido, el que saldría del Ayuntamiento.

Zaragoza y la democracia, o de cómo un pueblo alcanzó la madurez política. (Primera parte)

In Zaragoza on junio 11, 2010 at 10:12 am

Zaragoza, Coahuila.

Quién sabe por qué me gustaría andar en esos trotes siendo yo apenas adolescente, pero me gustaba, quizás precisamente por mi ingenuidad. De la presidencia municipal llegaban a entregar a casa la invitación dirigida a papá para la presentación del informe del alcalde y, previo aseguramiento de que papá no asistiría, el día del informe, invitación en mano, me presentaba yo en el teatro de la Casa de la Cultura designado como “recinto oficial” de aquel solemne acto político.

No había forma de que se me negara el acceso, la invitación decía claramente Eucario Adame y Eucario Adame también era yo, aunque fuera menor de edad.  Llegaba temprano, al menos veinte minutos antes de la hora indicada y por el vestíbulo de aquel teatro veía desfilar a los más destacados personajes de la clase política, empresarial y ganadera zaragocense: Pepe Galindo, Pepe Aguirre, Evelio Vara, Indalecio Zertuche, Conrado Valdés, Arnulfo Galindo, Fortunato González, Carolina Villarreal. También los líderes de los partidos de oposición: la señora Eloína, lideresa histórica del partido de izquierda en turno,  e Isidro Yáñez, del PAN; el líder social y todólogo Neftalí Rodríguez y los ciudadanos siempre presentes en los eventos de la cosa pública: Panchín Garza, el cuate Santos, Balo Garza, el profe Nieves, Severino González, Mando Vallejo, Chepo, entre otros. Uno a uno cruzaban por el lobby de la Casa de la Cultura para tomar su lugar –previo aperitivo-, en el mencionado teatro.

Luego empezaba el acto con Gilberto Ramírez como maestro de ceremonias. Lo típico: la bienvenida, la presentación del presídium en el que siempre resaltaba el enviado del Gobernador, y luego la bienvenida a los invitados especiales: alcaldes de los pueblos vecinos, delegados y comisariados ejidales de las comunidades y congregaciones campesinas más importantes del municipio, los ejidos Minerva, Zaragoza, el Remolino, Tío Pío, La Maroma, Corte Nuevo, Santa Eulalia y, eventualmente, el diputado del distrito local. A cargo de la escolta y la banda de guerra de la escuela secundaria, o de la academia comercial o de la prepa (máximas casas de estudios en aquel universo local) se desarrollaban los honores a la Bandera y, enseguida, todos de pie entonábamos el Himno Nacional.

Venía luego el informe que yo escuchaba con puntual atención y al término de éste, el mensaje del Gobernador del Estado, leído por su representante. Ya casi para terminar, el maese Gilberto Ramírez daba cuenta de una veintena de telegramas y telefonemas que, a fin de felicitar al rendidor, eran destinados por distinguidas personalidades de la política local, estatal y hasta por el presidente de la República (todos llegaban directamente a casa de Gilberto, claro, pero si acaso no llegaba alguno, a petición del interesado podía darse lectura a un mensaje como si realmente hubiese llegado). Al final, una cena para invitados especiales, a la que yo no asistía porque ya hubiese sido demasiado osado de mi parte.

Aquellos actos solemnes que tanto me atraían hacia la cosa pública no duraron mucho. Entrando la última década del siglo pasado, los rituales del priísmo empezaron a trastabillar, no sé si en otras partes, pero al menos en Zaragoza. Las ideas de democracia y soberanía popular habían superado el “Vote Así” (con una cruz sobre el emblema del Partido Revolucionario) a que se reducían en los años setentas y ochentas,  y ahora revelaban al pueblo otros conceptos tan elementales como asequibles, de los cuales, para todos, sin más trámites y formas, resultaba muy lógico echar mano e incluso defenderlos.

A partir de esa nueva noción de la democracia que aparecía tan lógica y natural, terminaría el régimen de los partidos y empezaría el juicio de los ciudadanos y mi pueblo, antes de que lo hicieran algunas de las grandes urbes de Coahuila, empezaría por echar a la calle a un alcalde, actuando en defensa de los intereses públicos.