Por mi raza hablará el Piporro

Archive for the ‘Coahuila’ Category

No eran estaciones, sino tiempos…

In Dicharachero, Zaragoza on junio 3, 2010 at 8:46 pm

-Antes eran otros tiempos- dijo mi mamá con parsimonia. –Uno podía amarrar al perro con longaniza y no se la comía, remató, arrancando carcajadas en la concurrencia de aquella tarde en la cocina de la casa, donde se trataba el espinoso asunto del robo de la camioneta usada para las faenas del rancho.

Luego siguió hablando de la cercanía de la cuaresma, de los chicales y los nopalitos y del tiempo de flor.

¿Tiempo de flor? pregunté.

Sí, tiempo de frío, tiempo de calor y tiempo de flor.

– Aaah, ya veo, primavera!, dije yo. Ese no me lo sabía. En mis tiempos nada más había dos tiempos: el de frío y el de calor.

– Pues es que ya la gente se ha vuelto muy güevona, hijo. Son 4 tiempos: tiempo de frío, tiempo de flor, tiempo de calor y tiempo de cosechas.

Y ya no le seguí. A mi mamá nadie le gana. Me hice un taco de mantequilla con una tortilla de harina recién hecha  y me quedé callado.

¡Nos leemos luego!

Chulísima reflexión.

In Coahuila on abril 26, 2010 at 9:43 pm

«Tal vez los nómadas no se han ido y siguen vigilando sus territorios. Eso debe ser, en cada pintura o grabado están presentes. El desierto fué su hogar, la madre que dió vida y forjó con esfuerzo su cultura.»

Con esa chulísima reflexión, mi amigo y paisano Rodolfo López concluye sus apuntes de viaje a San José de las Piedras. Los invito a que lo acompañen, dando click en la siguiente imagen:

Disfrútenlo. ¡Nos leemos luego!

 

El Níspero

In Zaragoza on abril 21, 2010 at 8:05 pm

El otro árbol favorito de mi infancia, era el níspero. Había uno en el patio de mi casa y bajo su sombra me gustaba bañarme con la manguera. Además, este níspero era un árbol que resultaba ser como aquellas aguas de limón que parecen de sandía pero saben a piña, vendidas por el Chavo del 8.

En el pueblo le llamaban níspero japonés, pero en realidad era chino. Su fruto tenía piel de durazno, color de mango, forma de chabacano, sabor a uva y semillas de tamarindo. A diferencia del jujuy, el níspero necesitaba agua abundante y por lo general no duraban mucho. De pronto, de la nada, secaban sus hojas y el árbol moría. Sin embargo, al igual que el jujuy, sus semillas germinaban fácilmente en cualquier maceta, por eso llegaron a abundar en el pueblo. Si mal no recuerdo, el níspero era el único árbol en el jardín de la casa que permanecía verde, aun en el invierno.

Según los expertos, el níspero (Eriobotrya japonica) es de origen chino pero más cultivado en Japón, de donde se cree que llegó a Hawai y de ahí a California; de California fue traído a Texas y de Texas a México, donde se adaptó bien al clima americano hasta llegar a Brasil. Siguiendo ese camino, fue también que llegó a Coahuila allá por el siglo antepasado. 

Árbol favorito de mi infancia norestense, era también el níspero. Por fortuna, en la casa todavía queda uno y por estas fechas ha de estar ya tupido de frutos.

¡Nos leemos luego, raza! Saludeeees..

El Jujuy

In Coahuila, San Fernando de Austria, Zaragoza on abril 20, 2010 at 12:04 pm

Había en el pueblo de mi infancia muchos árboles frutales. Las acequias que atravesaban el pueblo (al menos una por manzana), hacían propicio el terreno para cualquier cantidad de árboles de fruta: nogales, aguacates criollos, persimones, perales, manzanos, durazneros, membrillos, nísperos y, de entre todos, había un árbol favorito de los niños: el jujuy.

De fruta pequeña y alargada, como del tamaño de un dátil de buen tamaño, tenía una consistencia y textura parecida a la de la manzana, con una semilla al centro, dura y de puntas agudas; madura, la fruta era de tono rojo ocre y de un sabor dulce fuerte, a veces jugoso, a veces seco.

Con el fruto fresco del Jujuy las señoras de antes hacían almíbares y mermeladas que los niños degustábamos como postre, cuando llegaba el frío. Al niño norestense que un día fui, le gustaba comer los jujuyes que quedaban en el árbol deshidratados por el sol. El sabor del fruto seco era más dulce aún y yo lo describía en mi imaginación de niño como un sabor dulce añejado

Al jujuy en el pueblo también se le llamaba jujube o manzanita, era un árbol resistente y de tamaño medio, generalmente con ramas que permitían a los niños treparse a él a alcanzar sus frutos. Usualmente crecía en las áreas soleadas de los jardines y patios de las casas y ahí donde quedaba su semilla, brotaba sin necesidad de mayores cuidados.

Pese a su resistencia al extremoso clima del Valle de las Ánimas, pocos jujuyes quedan ya en el pueblo, por eso un día me ocupé de investigar su origen.

El árbol que en el pueblo se llama comúnmente Jujuy es un árbol de la especie ziziphus, originario del norte de África y Siria, de donde se cree que fue introducido a Asia y el Mediterráneo hasta llegar a España. En España se volvió tan común, que actualmente existen al menos 40 especies distintas de este árbol, distribuidas principalmente en Andalucía, Almería, Murcia, Valencia y Cataluña, lugar éste donde en catalán se le conoce como yinyol o llinllol. De ahí pasó a Francia donde se le llama Jujube y sin duda es ese el nombre con que debió llegar a mi tierra. Quién sabe en qué momento jujube se transformó en jujuy.

De España o Francia vino entonces el Jujuy hasta estas tierras zaragocenses, quizás por eso su sabor seco me parecía añejo: sabía como ese dulce olor a talco y madera vieja de las antiguas casas de las señoritas de antes, por su edad y sus costumbres más cercanas al viejo mundo que a estas tierras.

Ahora sí, ya pusieron a Chuy en el mapa…

In Coahuila, Dijo Fito... on abril 19, 2010 at 2:25 pm

Ahora sí, ya nos van a poner en el mapa / ahora sí, ya llegó la civilización / Ya tenemos luz, agua, drenaje / teléfono, prepa y pavimentación…

Así sonaba en la radio –allá en los albores de los ochentas- la alegre y armoniosa canción compuesta por mi coterráneo Fito Galindo, dedicada desde luego a mi natal Zaragoza, Coahuila.

La recordé la semana pasada, porque Google anunció que más de 140 localidades mexicanas se agregaban a la funcionalidad de Street View, herramienta de que permite a los usuarios de Google Maps tener una imagen real (aunque no en tiempo real), de cada lugar que ubiquen en el mapa y que hasta la semana pasada sólo estaba disponible para Estados Unidos y las principales localidades de México: El Distrito, Monterrey, Guadalajara y uno que otro camino nacional.

Tan pronto como circuló la noticia, busqué si mi tierra natal se incluía en la lista y, efectivamente, la encontré. No está completa todavía, pero algo es algo y el pueblo no es muy grande, así que algo ya es mucho. Con entusiasmo recorrí a través del Street View toda la calle Zaragoza, antaño llamada “Calle Real”. No tardé en encontrar un conocido: Chuy “El Tonto”, uno de los “locos” del pueblo.

Chuy "El Tonto" en Google Maps Street View

Chuy “El Tonto” existe desde que yo era niño, se hablaba de él con temor en nuestras pláticas infantiles, en las que mil y un “dicen que” eran la confirmación de que Chuy estaba efectivamente “tonto” (en el pueblo tonto y loco se usan como sinónimos). Pese a aquellas atemorizantes historias de la infancia, la locura de Chuy no es tan grave: habla solo día y noche y sobre todo no le gusta que le griten. Un grito dirigido a Chuy y éste se pone furioso, convirtiéndose en una ametralladora de improperios.

Fuera de esos arranques, Chuy “El Tonto” no está tan tonto: es un hombre en situación de calle, dedicado de tiempo completo a la obsesiva labor de barrer banquetas. En sus ratos de descanso, Chuy “El Tonto” come y bebe lo que los buenos vecinos le regalen y en los días de calor, descansa a la sombra de algún viejo nogal o fresno en las plazas, acompañado siempre de su legendaria escoba.

Tonto, o loco, Chuy, ha alcanzado sin saberlo un lugar que muchos en el mundo ambicionan: ser captado en las imágenes de Google Street View tal como es. Algún día, Chuy “El Tonto” aparecerá también en los libros que cuentan la historia de mi pueblo.

Ambos lugares se los tiene bien ganados. Mientras se le juzga loco, él va desinteresado por el pueblo barriendo banquetas, igual que aquel hombre del poema que iba por los campos sembrando árboles, o aquel caballero andante que iba por el mundo enderezando entuertos. También de ellos se decía que estaban locos.

¡Nos leemos al rato!