Por mi raza hablará el Piporro

Consuelo, con suelo.

In Acuña, Coahuila, Zaragoza on abril 11, 2011 at 10:33 pm

Le quiero creer a Sergio Avilés, le quiero creer y le creo, cuando dice que nuestras sierras se recuperarán, algún día, quizás sin nosotros, quizás sin que nos toque verlas recuperadas, pero volverán a ser lo que un día fueron, esos bastiones de las tierras salvajes de Coahuila.

Le creo cuando dice que quedarán las cenizas, ciertamente, y que de la tierra quemada brotarán las semillas de los pastos, de las raíces reverdecerán los mezquites, los huizaches, las cactáceas, el cenizo, la gobernadora; el mismísimo cedro y quizás el pino.

Le creo que algún día todo volverá a ser lo mismo, o quizás sea mejor, y volverán el oso y el venado, el guajolote silvestre, cada una de las aves y avecillas que hoy no se hallan, que se pierden en el humo; y volverá la esperanza del elk y la del berrendo y la del bisonte y la del regreso de otras tantas especies que hoy son idas.

Es lo único que quiero creer, por ahora; es lo único que me queda, la fe de que esa sierra que un día soñé conocer, verde, como me la contaban, otro día vuelva a ser la misma, aunque a mí ya no me toque conocerla.

Ojalá que así sea, Sergio, gracias por ese consuelo.

Un abrazo

In Monterrey on febrero 8, 2011 at 6:18 pm

Vayan a su jardín, al parque o a un bosque, a un encinal o una nogalera; escojan un árbol que les guste, grande, viejo, saludable. Acérquense a su tallo, admírenlo. Si les nace, pongan la palma de una de sus manos -la que sea, o ambas- sobre su tallo; noten lo que se siente en sus manos, en su pecho, ahí, justo ahí donde se siente la tristeza o el contento.

Si enseguida les nace, digan al árbol lo que quieran decirle, o piénsenlo y, si les nace después, sin miedo, sin pena, abrácenlo fuerte, apriétenlo, cierren los ojos, disfruten de ese abrazo el tiempo que sea necesario.

Después, digan de  mí que estoy loco, si ustedes quieren; pero háganlo, abracen un árbol vivo que les llame a hacerlo… y luego platicamos.

¡Hasta luego!

Epílogo

In La Laguna on febrero 3, 2011 at 4:19 pm

Para la tercera nevada de mi historia vivía ya en Torreón, en la recordada casa de Venecia 8. Era una tarde despejada y tibia, lavaba los trastes (universitario que vivía solo al fin) y por la ventana frente al fregadero observé aquel nubarrón lineal y gris hacia el rumbo de Saltillo. Minutos más tarde, supe que algunos conocidos y familiares se hallaban atrapados en una intensa nevada entre Saltillo y Monclova, a la altura de las Imágenes y que había empezado a nevar en Parras.

Sin imaginar lo que seguiría, esa tarde del último día de clases del semestre, en compañía de una amiga fui a tomar café en Cimaco Hidalgo (en aquel entonces no había otro).

Dormí… y al amanecer del día siguiente, 12 de diciembre de 1997, Torreón yacía bajo la nieve. También recuerdo por cuál ventana la reconocí, echada sobre el ficus verde (hasta aquel día), del pequeño patio de la estudiantil casa; tendida, como cobija lanosa y blanca, esponjosa, recién lavada.

Ese mismo día, universitario libre al fin, tomé un autobús con rumbo a Zaragoza. Vi los nevados mezquitales que bordean la recta de San Pedro, lecho seco de la Laguna de Mayrán, vi las nevadas cumbres de las sierras que bordean el valle de Cuatro Ciénegas (separado), las apenas salpicadas cumbres de las sierras que rodean Monclova y entonces oscureció.

Esa noche, en Zaragoza no había nieve, pero la que había visto en el desierto era suficiente para hacerme feliz. Tampoco hubo cámaras entonces, pero años después habíamos sido otra vez juntos, Coahuila, la nieve y yo.

¡Hasta luego!

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.