Había en el pueblo de mi infancia muchos árboles frutales. Las acequias que atravesaban el pueblo (al menos una por manzana), hacían propicio el terreno para cualquier cantidad de árboles de fruta: nogales, aguacates criollos, persimones, perales, manzanos, durazneros, membrillos, nísperos y, de entre todos, había un árbol favorito de los niños: el jujuy.
De fruta pequeña y alargada, como del tamaño de un dátil de buen tamaño, tenía una consistencia y textura parecida a la de la manzana, con una semilla al centro, dura y de puntas agudas; madura, la fruta era de tono rojo ocre y de un sabor dulce fuerte, a veces jugoso, a veces seco.
Con el fruto fresco del Jujuy las señoras de antes hacían almíbares y mermeladas que los niños degustábamos como postre, cuando llegaba el frío. Al niño norestense que un día fui, le gustaba comer los jujuyes que quedaban en el árbol deshidratados por el sol. El sabor del fruto seco era más dulce aún y yo lo describía en mi imaginación de niño como un sabor dulce añejado.
Al jujuy en el pueblo también se le llamaba jujube o manzanita, era un árbol resistente y de tamaño medio, generalmente con ramas que permitían a los niños treparse a él a alcanzar sus frutos. Usualmente crecía en las áreas soleadas de los jardines y patios de las casas y ahí donde quedaba su semilla, brotaba sin necesidad de mayores cuidados.
Pese a su resistencia al extremoso clima del Valle de las Ánimas, pocos jujuyes quedan ya en el pueblo, por eso un día me ocupé de investigar su origen.
El árbol que en el pueblo se llama comúnmente Jujuy es un árbol de la especie ziziphus, originario del norte de África y Siria, de donde se cree que fue introducido a Asia y el Mediterráneo hasta llegar a España. En España se volvió tan común, que actualmente existen al menos 40 especies distintas de este árbol, distribuidas principalmente en Andalucía, Almería, Murcia, Valencia y Cataluña, lugar éste donde en catalán se le conoce como yinyol o llinllol. De ahí pasó a Francia donde se le llama Jujube y sin duda es ese el nombre con que debió llegar a mi tierra. Quién sabe en qué momento jujube se transformó en jujuy.
De España o Francia vino entonces el Jujuy hasta estas tierras zaragocenses, quizás por eso su sabor seco me parecía añejo: sabía como ese dulce olor a talco y madera vieja de las antiguas casas de las señoritas de antes, por su edad y sus costumbres más cercanas al viejo mundo que a estas tierras.

Las luchas ganadas se han olvidado y el progreso alcanzado se volvió estancamiento. Y las luchas pendientes todavía no comienzan. No comienza la lucha por reactivar la producción agrícola, ni la lucha que reactive la actividad ganadera. No comienza la lucha que defienda el agua como un bien prioritario del pueblo cada vez más escaso y, sin embargo, cada vez más explotado irracionalmente por las grandes empresas mineras y cerveceras. La lucha que genere empleos permanentes. La lucha que cuide los ríos. La lucha que regrese al pueblo la prosperidad perdida, a partir de actividades diversas de las que típicamente ya no funcionan.
Por fin, las tierras fertilísimas del Valle de las Ánimas, que antaño disputaran nómadas y colonizadores, se colmaron de los extensos trigales que acaso soñaron un día el Virrey de Horcasitas y el Gobernador Rábago y Terán. El agua de los manantiales corrió también por cada manzana del pueblo que crecía y así, cada solar fue a la vez un jardín, una huerta y una parcela. Pronto el pueblo fue una nutrida mancha verdinegra de nogales, rodeada de dorados trigos; y ahí donde la tierra no era propia para la siembra, y allá al pie de la sierra, cundió el ganado.
Cuando el régimen militar revolucionario empezó a dar lugar al régimen de los gobernantes civiles, un zaragocense -López Padilla- se convirtió en gobernador. Y como si todo estuviese condenado a las casualidades, sería el dueño del ahora llamado rancho de San Ildefonso; el mismo lugar donde en 1674, empezó a contarse toda la historia.
Por otro lado, los ataques apaches contra la villa continuaban y, por si no fuera suficiente, las persecuciones en los territorios del norte contra Comanches y Cherokees, obligaban a estos a refugiarse en los alrededores de San Fernando, trayendo así nuevos conflictos, aunque entre brincos y sobresaltos, de todos modos hubo tiempo para cambiar de nombre. San Fernando de Austria se llamaría en delante San Fernando de Rosas, honrrando así a un independentista allí nacido y al cabo terminaría siendo llamada simplemente Villa de Rosas.