Por mi raza hablará el Piporro

Archivos de la categoría ‘San Fernando de Austria’

El Jujuy

En Coahuila, San Fernando de Austria, Zaragoza el abril 20, 2010 a las 12:04 pm

Había en el pueblo de mi infancia muchos árboles frutales. Las acequias que atravesaban el pueblo (al menos una por manzana), hacían propicio el terreno para cualquier cantidad de árboles de fruta: nogales, aguacates criollos, persimones, perales, manzanos, durazneros, membrillos, nísperos y, de entre todos, había un árbol favorito de los niños: el jujuy.

De fruta pequeña y alargada, como del tamaño de un dátil de buen tamaño, tenía una consistencia y textura parecida a la de la manzana, con una semilla al centro, dura y de puntas agudas; madura, la fruta era de tono rojo ocre y de un sabor dulce fuerte, a veces jugoso, a veces seco.

Con el fruto fresco del Jujuy las señoras de antes hacían almíbares y mermeladas que los niños degustábamos como postre, cuando llegaba el frío. Al niño norestense que un día fui, le gustaba comer los jujuyes que quedaban en el árbol deshidratados por el sol. El sabor del fruto seco era más dulce aún y yo lo describía en mi imaginación de niño como un sabor dulce añejado

Al jujuy en el pueblo también se le llamaba jujube o manzanita, era un árbol resistente y de tamaño medio, generalmente con ramas que permitían a los niños treparse a él a alcanzar sus frutos. Usualmente crecía en las áreas soleadas de los jardines y patios de las casas y ahí donde quedaba su semilla, brotaba sin necesidad de mayores cuidados.

Pese a su resistencia al extremoso clima del Valle de las Ánimas, pocos jujuyes quedan ya en el pueblo, por eso un día me ocupé de investigar su origen.

El árbol que en el pueblo se llama comúnmente Jujuy es un árbol de la especie ziziphus, originario del norte de África y Siria, de donde se cree que fue introducido a Asia y el Mediterráneo hasta llegar a España. En España se volvió tan común, que actualmente existen al menos 40 especies distintas de este árbol, distribuidas principalmente en Andalucía, Almería, Murcia, Valencia y Cataluña, lugar éste donde en catalán se le conoce como yinyol o llinllol. De ahí pasó a Francia donde se le llama Jujube y sin duda es ese el nombre con que debió llegar a mi tierra. Quién sabe en qué momento jujube se transformó en jujuy.

De España o Francia vino entonces el Jujuy hasta estas tierras zaragocenses, quizás por eso su sabor seco me parecía añejo: sabía como ese dulce olor a talco y madera vieja de las antiguas casas de las señoritas de antes, por su edad y sus costumbres más cercanas al viejo mundo que a estas tierras.

¿Dónde está la Sierra del Burro?

En Coahuila, San Fernando de Austria, Zaragoza el abril 13, 2009 a las 3:21 pm

(Y con esto comienzo a dar respuesta a las búsquedas que más tráfico han enviado a este norteado blog. Espero terminar pronto)

La Sierra o serranía del Burro, es un estribación o conjunto de cordilleras inferiores paralelas a la Sierra Madre Oriental ubicada en la parte nor-central de Coahuila, entre los 28°40′-29°00′ N y 102° 00 a 102°20′ O. Tiene altura de los 500 a los 2500 metros sobre el nivel del mar. Se distribuye al como la propia SMO de sur a nor-noroeste, atravesando mayormente en el municipio de Zaragoza, pero sus partes sur y occidente se adentran en el municipio de Melchor Múzquiz y su parte norte alcanza el municipio de Acuña. En ella nacen la mayoría de los ríos de agua constante de Coahuila y es considerada una región terrestre prioritaria de conservación ecológica. Es zona de reproducción del oso negro y del castor. Y como corredor ecológico comprende el sistema de los ríos San Rodrigo – San Diego y conecta las regiones prioritarias de los Cinco Manantiales y del Bajo Río Bravo.

Da un ”click” a la imagen de abajo y nos iremos a explorar mapas e imágenes satelitales de la dichosa sierra.

Sierra del Burro

Sierra del Burro

256 Años de Zaragoza: Cabalgando sin cabalgar.

En Coahuila, San Fernando de Austria, Zaragoza el febrero 1, 2009 a las 12:01 am

Serán de 1980 ó 1981 mis primeros recuerdos de Zaragoza. Las mañanas frescas, las calles limpias, los nogales rebosantes de verdor y de sombra que daban casa a la ardilla, alimento a la lechuza, refugio a la mariposa y que protegían cada patio cual bóveda catedralicia.

Había tardes de cine, veranos lluviosos, inviernos con nieve, fines de semana de baile, la opción de los restaurantes y el silbato del tren que seguía sonando puntualmente a las seis de la tarde. Noches de estrellas y de luciérnagas; de croar de ranas en las acequias, de música de baile en el auditorio, de olores a resedad y a madreselva.

Desde entonces, sin embargo, sólo he visto este pueblo menguar en muchas cosas. Lo he visto caer sin detenerse en la depresión económica palpable en el ir y venir de negocios y en el sólo irse y nunca volver de los bancos; en la quiebra del cine, en el nunca volver del tren, en el cierre de las oficinas públicas, en el huir de las primeras maquilas, en la pérdida constante de fuentes de ingreso, de trabajo.

Si cuando niño jugué en montañas de trigo, luego vi desaparecer los extensos trigales y para los noventas, las nogaleras yacían muertas, embargadas por el banco. Las acequias mínimas, sucias, taponadas. Los nogales caseros murieron y la gente se fue, porque aquí, después de la secundaria ya no había nada qué hacer. ¡Yo mismo tuve que salir así!

789156417Las luchas ganadas se han olvidado y el progreso alcanzado se volvió estancamiento. Y las luchas pendientes todavía no comienzan. No comienza la lucha por reactivar la producción agrícola, ni la lucha que reactive la actividad ganadera. No comienza la lucha que defienda el agua como un bien prioritario del pueblo cada vez más escaso y, sin embargo, cada vez más explotado irracionalmente por las grandes empresas mineras y cerveceras. La lucha que genere empleos permanentes. La lucha que cuide los ríos. La lucha que regrese al pueblo la prosperidad perdida, a partir de actividades diversas de las que típicamente ya no funcionan.

Y esas luchas no comienzan porque aquí, cualquier impulso de progreso depende del dinero público y aquí, el dinero público es poco y a veces, ha sido sólo para unos cuantos. Y las luchas tampoco comienzan porque aquí, la lucha por el bienestar colectivo, pasa a segundo término ante la lucha individual por la propia subsistencia.

Mientras tanto, en el embelezo de la fiesta eterna, que es la única opción para los que en el pueblo se quedan, importa más cabalgar cada 1° de febrero que empezar la labor de las luchas pendientes; porque al final, ¿a quién le importa si el pueblo se queda sin agua, si la poca que queda se usa para hacer cerveza?

Así, el pueblo cabalga sin cabalgar, con la absoluta certeza de que las luchas pendientes que no se comienzan, son de antemano luchas perdidas. Y hoy me preguntas si Zaragoza ha cambiado y yo te respondo que sí. Ahora es un pueblo que pierde sus luchas, aun cuando las luchas no se han comenzado.

Feliz aniversario, querido Zaragoza.

256 Años de Zaragoza: de Villa de Rosas a Zaragoza, Coahuila.

En San Fernando de Austria, Zaragoza el enero 30, 2009 a las 1:21 pm

Mucho antes de que terminara el siglo XIX el gobierno de Coahuila estaba ya consolidado. Las luchas armadas por la independencia de México, contra las intervenciones francesa y americana y contra los texanos independentistas iban quedando atrás; y nombres como “Nueva España”, o “San Fernando”, eran sólo cosas de los libros de historia. México, Coahuila, eran las nuevas designaciones de patria y terruño.

Entonces también hubo tiempo para honrar a los héroes. Un plumazo legislativo borró por siempre el nombre de Villa de Rosas y por la magia del poder estadual, la villa se convirtió en ciudad, y se llamó Zaragoza, como aquel coahuiltejano triunfante de la batalla de Puebla.

4789744567Por fin, las tierras fertilísimas del Valle de las Ánimas, que antaño disputaran nómadas y colonizadores, se colmaron de los extensos trigales que acaso soñaron un día el Virrey de Horcasitas y el Gobernador Rábago y Terán. El agua de los manantiales corrió también por cada manzana del pueblo que crecía y así, cada solar fue a la vez un jardín, una huerta y una parcela. Pronto el pueblo fue una nutrida mancha verdinegra de nogales, rodeada de dorados trigos; y ahí donde la tierra no era propia para la siembra, y allá al pie de la sierra, cundió el ganado.

Los latifundios prosperaron. Santa Fe, El Caballo, y San Fernando, eran los nombres de las haciendas más productivas; pero de entre todas, la Hacienda de San Fernando destacaba más. Propiedad de los Madero -los grandes terratenientes venidos del antiguo San Juan Bautista-, recordaba con su nombre a la villa fundada siglo y medio antes, sólo que, a diferencia de la villa, la hacienda producía tanto y para tantos que hasta allá llegó el ferrocarril un día. La nación progresista y europeizada que don Porfirio Díaz deseaba, demandaba también para sí el maíz y el trigo de San Fernando.

Luego entró el siglo XX y con él vino la revolución. No muy lejos de Zaragoza -en Jiménez-, los magonistas hicieron su primer intento fallido de derrocar a Díaz, pero aun así, la lucha armada posterior que logró dar al traste con la dictadura de Díaz y de paso con la prosperidad de muchas haciendas en otras partes de México, pareciera que en Zaragoza pasó de noche. La única resulta fue que Madero, el nieto del otrora dueño de la Hacienda de San Fernando, se convirtió en Presidente.

La revolución terminó y en Zaragoza la prosperidad seguía siendo la misma. Los ricos latifundistas dieron lugar a los ricos pequeños propietarios, aunque el tamaño de las propiedades, incluso recortado por el reparto agrario, seguía casi intacto: los ejidos se quedaban con las tierras de labor de las haciendas, pero las grandes extensiones de tierras ubicadas a la margen de los ríos, o al pie de la sierra, seguían en manos de unos cuantos. No habría problema en ello, porque la tierra era finalmente bastante para todos.

787944645486Cuando el régimen militar revolucionario empezó a dar lugar al régimen de los gobernantes civiles, un zaragocense -López Padilla- se convirtió en gobernador. Y como si todo estuviese condenado a las casualidades, sería el dueño del ahora llamado rancho de San Ildefonso; el mismo lugar donde en 1674, empezó a contarse toda la historia.

Así, mientras los nombres de San Fernando y San Ildefonso salían de vez en cuando desempolvarse del olvido, en Zaragoza todo seguía siendo paz. Se había pasado del afán por construir iglesias evangelizadoras al afán por construir escuelas. Las básicas, luego una secundaria, luego una preparatoria. Y al son de la prosperidad agrícola y ganadera que la revolución sólo cambió de manos, llegaron también los bancos, los clubes sociales, las tiendas y las carreteras.

Cuando se llegó a la segunda mitad del siglo XX, Zaragoza era ya completamente distinta. Las nuevas luchas se daban sólo al grito del “play ball” en el béisbol de los domingos y en el “cierren las puertas” de las peleas de gallos en la feria veraniega de cada año. Y cada medio día, el reloj de la iglesia señalaba la hora de servir la mesa, y cada tarde, a las 6 puntualmente, el silbato del tren anunciaba el fin de todas las jornadas laborales.

Corrían ya los años sesentas y setentas del milagro mexicano. Sonaba ya en cada casa la radio; y entonces, al calor de una copa, o acaso en el embriaguez de la alcanzada prosperidad, en una servilleta de cantina se escribió una canción:

“Ahora sí ya nos van a poner en el mapa / ahora sí, ya llegó la civilización / ya tenemos luz, agua, drenaje / teléfono, prepa y pavimentación /

Y hace poco / con gran alboroto / con llanto en los ojos / y grande emoción / distinguimos todos temblorosos / un mono borroso / en la televisión.”

Y al son de la música y de esa letra, se supo entonces que todas las luchas de antes, estaban ganadas.

256 Años de Zaragoza: De San Fernando de Austria a Villa de Rosas.

En Coahuila, San Fernando de Austria, Zaragoza el enero 29, 2009 a las 1:50 pm

Para principios del siglo XIX la capital de Texas era otra vez San Antonio de Bejar y hasta allá llegaban las últimas suplicas de los pobladores de San Fernando de Austria, como gritos fantasmas venidos del siglo XVIII:

“Señor Barón de Ripperda, Governador de esta Provincia de Texas:

Señor:

No hay viviente, por irracional que sea, que no solicite alivio a sus dolencias, y siendo tantas y tan fatales las que estos tejanos se experimentan, ocasionadas de las crueles hostilidades que en ellos frecuentemente ejecutan las Bárbaras naciones del norte y con capa amistad de los Apaches, no es de extrañar que ocurra esta súplica, por medio del Cabildo, justicia…”

Los ruegos reflejaban lo difícil de la situación en que la Villa de San Fernando se encontraba, y dichos ruegos no eran ni serían ya atendidos porque en breve, dos luchas más importantes habrían ocupado toda la atención. Texas buscaba separarse de la Nueva España y la Nueva España terminaba apenas de independizarse de España. Así que en medio de tal desorganización, la Villa de San Fernando, al fragor de un combate y otro, se encontraba desprotegida. Dependía de Texas, pero Texas no dependía ya de nadie y el único interés que tenía por San Fernando, era en la medida en que se apoyara su propia independencia. Por la misma razón, San Fernando tampoco era atendida por Coahuila, porque el gobierno autónomo recién instaurado, apenas tenía fuerza para sostener el nombre y finalmente estaba hundido en el desconcierto y la desconfianza respecto de todo lo que se involucrara, directa o indirectamente, con la lucha por la independencia texana.

454567145671Por otro lado, los ataques apaches contra la villa continuaban y, por si no fuera suficiente, las persecuciones en los territorios del norte contra Comanches y Cherokees, obligaban a estos a refugiarse en los alrededores de San Fernando, trayendo así nuevos conflictos, aunque entre brincos y sobresaltos, de todos modos  hubo tiempo para cambiar de nombre. San Fernando de Austria se llamaría en delante San Fernando de Rosas, honrrando así a un independentista allí nacido y al cabo terminaría siendo llamada simplemente Villa de Rosas.

Finalmente, entrada la segunda mitad del siglo XIX, hubo algo de certeza. Por lo que hacía al gobierno establecido la Villa de Rosas dependía de Coahuila y este apoyo le permitió poner fin a los ataques de apaches otorgándoles tierras en las cercanías de Patiños y haciendo aliados a los Cherokees, acantonados ya en las cercanías del antiguo San Ildefonso. Aunque luego de eso volvió la persecución contra los “indios”, estos al menos ya no atacaron la Villa centenaria, porque la lucha exterminadora se auspiciaba directamente por el gobierno central. La población, estaba a salvo.

Así, a los días agitados e inciertos del antiguo San Fernando de Austria, siguieron los días de paz de la Villa de Rosas y esa augusta paz, que no acompañó ni a San Ildefonso ni a San Fernando, era suficiente para dejar esos nombres en el olvido.

Pero otras luchas vendrían, porque el río de la historia corría y sobre ese río se navegaría en razón de lo que sus aguas mandaran.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 251 seguidores