Mensaje del moderador...
¡Los comentarios atroces serán borrados del acta!Volvimos al Noreste, al parecer sólo por un tiempo. Volvimos para encontrarnos con que Torreón es un baño de sangre, Saltillo tendrá un gran monumento al Sarape y otro a Cristo, por aquello de que todos somos católicos; y también para reconfirmar que Monterrey sigue siendo la ciudad más cara de México.
Volvimos para redescubrir los tesoros culinarios que esconde Ciudad Victoria, tan Norestense como Huasteca, tan capital como provincia.
Volvimos volando a 30 mil pies de altura, desde donde contemplamos -majestuoso- el Cerro de Bernal, el río Pánuco, la costa Tamaulipeca junto al Golfo de México y de pronto y, humeante, la ciudad de Tampico.
Volvimos para saber que ya no somos los mismos.
Atrás, dejamos una Ciudad de México espléndida y de cielos claros, limpios, limpísimos que cualquier regio los envidiaría. Cielos tan limpios y tan azules sólo comparables con los del verano en Nuevo Laredo.
Volvimos sólo para darnos cuenta que lo que dejamos atrás, atrás se ha quedado y que lo que vemos hoy, se ve muy distinto. De esos temas iremos hablando poco a poco en este extraño retorno a El Norestense.
¡Que comience el fandango!
El carbón es el combustible más contaminante del planeta. Su explotación conlleva a la inutilización permanente de los mantos freáticos, llena de polvo de carbón los alrededores, esteriliza la flora y convierte el hábitat de la fauna en un socavón inerte.
El carbón es el combustible más sucio del planeta. Produce dos veces más dióxido de carbono que el gas natural, produce para quienes trabajan cerca de él más riesgo por radioactividad asociada que el generado para quienes trabajan en plantas nucleares, disemina en el ambiente metales pesados, azufre y óxido de nitrógeno y produce lluvia ácida.
El carbón es el combustible más sucio del planeta. Es el principal responsable del efecto invernadero que conlleva al calentamiento global.
El carbón es el combustible más deteriorante de la calidad de vida. Sacrifica espacios dedicados a actividades sustentables, genera empleos finitos y cuesta más vidas humanas.
Pero nada de esto importa, porque es un combustible barato. Qué triste futuro el nuestro ¿no?
Siguiendo con eso del nombre de las propiedades, común se volvió en últimas fechas tener o rentar una Quinta. Y no hablo de amores, sino de esos terrenos con palapa, asador y a veces alberca, propios para la social convivencia y el sano esparcimiento (ajá).
Quinta, según el Diccionario de la Lengua Española es un derecho de 20 por 100, o cualquier porción de una dehesa o tierra, aunque no represente su quinta parte. Sin embargo, la más adecuada definición es la de una casa de recreo en el campo por la que los usuarios pagaban como renta la quinta parte de los frutos producidos durante el uso (lo que en nuestros tiempos implicaría que por la renta de una quinta entregaríamos al propietario 2 T-bones por cada 10 puestos en el asador).
En alguna de esas veces que anduve mondadeando allá por los rumbos de Allende, Nuevo León, del lado oriente del Río Ramos, llegué a un lugar donde había muchas Quintas, todas ellas muy bien dispuestas y con su nombre bien pintado para mejor identificación. Seguí más hacia el oriente y después de haberme empacado un pollito en olla de barro con frijoles en bola, preparado por quien dijo ser el cocinero oficial de las cabalgatas de los Moreira (no de esos que están pensando sino de los otros), continué mi recorrido a ver que más me hallaba.
¡Y –no me lo van a creer- llegué a un lugar donde las quintas se dejaron de llamar quintas y se empezaron a llamar Sextas, unas quesque porque estaban más grandes y otras nomás porque ya estaban muy lejos!
¡Aaaah que raza tan ocurrente es la norestense!
Es propio de tamaulipecos saber que la mayor parte del territorio de su estado fue por muchos años una sola hacienda.
En 1781, Antonio Urizar Estarda y Baltazar del Sauto recibieron de la Corona Española la merced de 658 sitios ubicados entre los ríos Conchos y Bravo, entre el Golfo de México y el Nuevo Reino de León, estableciéndose así uno de los latifundios más grandes y afamados del noreste: la Hacienda del Sauto o “La Sauteña”.
Su cabecera se ubicó en el pueblo llamado Colombres (sonaba bonito ¿no?). A las orillas del edificio mayor de la hacienda se establecieron las casas de los peones y con ello la hacienda contribuyó a la colonización de una parte del noreste, aunque sin satisfacer con ello las exigencias de poblamiento de la Corona.
Como su extensión era tan grande, la subsistencia de la merced se condicionó a llenar de poblaciones el territorio tamaulipeco en una medida que nunca se logró y, por ello, luego de la independencia, el gobierno provincial dispuso el fraccionamiento del fundo, dándose así el primer antecedente en México de lo que luego se denominó pomposamente reparto agrario. Eso fue por allá de 1833, casi 100 años antes de que Cárdenas empezara el suyo. (Caigan ahora sobre mí los sofistas de la revolución y díganme en misa cantada que una cosa y otra fueron eficazmente distintas, dada la trascendencia histórica y de justicia social revolucionaria de la creación de los ejidos)
La Sauteña –o su nombre- detonó en el Noreste toda una tendencia: nombrar a los lugares mediante un nombre compuesto por la primera parte del apellido del propietario y el sufijo “eño” (propio para los gentilicios, las semejanzas y las pertenencias a algo), como nada más adecuado para marcar el territorio. De ahí surgieron los nombres de otras rancherías que hasta la fecha subsisten como poblados en Tamaulipas y el sur de Texas: El Garcieño, El Tomaseño, El Pereño, El Longoreño, El Galindeño, El Ramireño, derivados respectivamente de García, Tomás, Pérez, Longoria, Galindo y Ramírez.
Risueños nombres son los de esas poblaciones, y bonita esa costumbre que todavía siguen muchos rancheros norestenses al bautizar sus propiedades. Bien por ellos: conscientes o no, siguen haciendo honor a aquella hacienda “La Sauteña”, dueña primera de la mayor parte del territorio de Tamaulipas y dan continuidad a una tendencia que terminó siendo una muy norestense tradición.
Nos leemos luego, raza. Felices fiestas Navid-EÑAS.
Si mi papá viviera hoy cumpliría años. Murió hace 11 y yo todavía lo recuerdo como si fuera ayer que platiqué con él por vez última. Todos los días me acuerdo de él y, a veces, todavía me pone triste su ausencia y lloro.
Hay pocas personas a las que recuerdo y pienso todos los días, mi papá es una de ellas. Eso implica -creo yo- que fue un buen padre.
Como Rayados va a la final del Apertura 2009, Televisa cerrará a pago por evento la transmisión del juego en Monterrey.
Ni tardo ni perezoso, el Gobierno de Nuevo León empezó a hacer vaquita entre los alcaldes metropolitanos para recaudar los 10 millones de pesos que la televisora busca recaudar para dejar la transmisión del partido en señal abierta y pagarlos como debe de ser a dicha empresa. Total, todo sea por el bienestar del pueblo.
¡Vaya manera de hacer negocios!
Euk.- Ciudad de los Palacios; Noviembre de 2009.
Volviéndose cada vez más gris y porfiriano, este rorro Norestense recorre “a pata” las viejas calles del Distrito Federal. Aquí algunas de sus andanzas:
¡Ay Chihuahua, cuánto apache! Dijo el primer día parado en el semáforo peatonal de Madero y Lázaro Cárdenas, o Eje Central (o San Juan de Letrán, como diría Jacobo Zabludovsky). Y luego siguió el tradicional recorrido que ha hecho en el 90 por ciento de las veces que ha estado en esta ciudad: Madero, al Zócalo – 5 de Mayo, a Bellas Artes, o al revés, que al cabo es lo mismo. Por un lado hay oro y por el otro café.
Añorando los días en que desde apacible balcón veía ponerse la luna tras del cerro de Las Mitras, se quedó conforme viéndola brotar desde la esquina izquierda del Palacio Nacional. “Al menos está medio llena”-pensó. No hubo tequila, ni Mariachi Coyote, pero el espectáculo fue bueno: por un lado brotaba la luna, por encima las nubes se volvían luminiscentes con el lucerío de la ciudad, y por otro el Palacio se iluminaba con los ensayos de un espectáculo multimedia que el gobierno prepara para los días patrios de noviembre. Nomás el fara fara faltaba, pero a cambio llegó el sonar desentonado de un viejo cilindrero. Nunca se supo qué son tocaba, pero o era cielito lindo, o cualquier otra de esas canciones añejas que aquí se consideran clásicos mexicanos que todo mundo debe conocer. Ojalá que un día tocaran Rosita Alvírez, y que les saliera bien.
Días después, en el mismo sitio, muy de mañana, el Norestense favorito descubrió que era el único humano pisando sobre las viejas y meadas losas del mentado Zócalo. No hubo foto, porque no hay quien las tome cuando se es el único. Horas más tarde, conmovido hasta la entraña, escuchó como centenares de voces (ellas decían ser miles, y deseaban ser millones), gritaban al mismo tiempo: “¡Así es como se ve la fuerza del SME, así es como se ve la fuerza del SME!”. ¿Cuántas horas ensayarán al día?
Más tarde, el Norestense de a pata descubrió que en el pie de la astabandera, esa que en la tele se ve imponente y gloriosa, hay un mingitorio invisible al que nadie le atina. Pronto El Norestense sacó su libreta imaginaria, esa donde apunta las cosas célebres que luego usa para romper el hielo en las pláticas con “los intelectuales”, y con tinta sepia (para que entone con el color de las antiguas construcciones), escribió: “Ahora sé a qué huele el ombligo de México, que es el ombligo del ombligo de la luna: ¡Apesta simple y sencillamente a meados. Y no son águila ni de serpiente, son de humano!”
Y con la frente en alto, como quien no le teme a nada y menos a lo que no conoce, el Norestense de a pie se fue volando, rodeado de fantasmas de todas las épocas hasta algún lugar donde el ruido de la ciudad se pierde. Mientras admiraba las antiguas construcciones, que no son de todas las épocas, sino sólo de las más gloriosas, cantaba para sí: “Era el abuelo un lagartijo porfiriano, que brillaba en todas las reuniones de postín….”
Les debo las fotos, raza. ¡Ajúa!

Yo vine a Monterrey a luchar por un sueño y lo cumplí. Llegué un sábado con veintitantos años, con mi coche lleno de cosas. No tenía casa, no tenía amigos, sólo tenía miedos e incertidumbres, pero también una convicción: yo quería estar aquí. Desde el estacionamiento de visitantes de la que hoy es mi oficina, en la cima de la Loma Larga, vi el valle de San Pedro, la sierra Madre, y me sentí como un águila mirando el despeñadero, al valle que pretende sobrevolar y reconocer como propio para anidar. Es cursi, es cierto, pero así me sentí y ese mismo día empecé a trabajar.
Luego tuve otros sueños, algunos trascendentales en mi vida, soñé con construir cosas y relaciones; cosas y relaciones importantes y permanentes y me dediqué también a encontrar alguien con quién compartir la plenitud que sentía y, por un tiempo, lo logré. Hoy, puedo decir que aquella plenitud puede haber venido a menos; pero, al menos, tengo alguien a quién legar algo de mí, alguien que lleva irrenunciablemente algo mío y alguien por quien la vida vale la pena. Por lo demás, me queda vida por delante y el mismo ánimo de tener a mi lado alguien a quien amar. Eso también es ganancia.
En general, puedo decir que desde que llegué a Monterrey muchos sueños se me han cumplido; mi cuenta fue por varios años sólo de ganar y, siendo francos, de un año para acá, también me ha tocado perder. Siempre he pensado que la vida es así, que se compensa, que ganas algo y algo pierdes. Y no porque quieras perderlo, sino porque alguien, o algo, o ese Algo que está por encima de todos los algos, dice que así debe ser. Al menos mi vida así ha sido siempre, la de los demás, no sé.
Este fin de semana –cinco años después de mi llegada-, empezaré el comienzo de otro sueño en otras tierras y con ello el final de los sueños de mi experiencia regia.
No me queda más que decir gracias, ofrecer una que otra disculpa o pedir uno que otro perdón. Parafraseando al Ché Guevara, diría que aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos y que dejo también un pueblo que me aceptó como un hijo… Parafraseando a alguien más importante, diría que he peleado una buena pelea, que he terminado el camino y que he mantenido la fe…
Me declaro de conciencia tranquila y de ánimo satisfecho. Lo demás, sigue en manos de Dios.
¡Hasta siempre, Monterrey!
“Como cada año en el mes de octubre, la sociedad tamaulipeca sale a nuestras plazas, nuestros barrios, nuestros espacios urbanos y culturales a vivir de cerca y a regocijarse con lo más destacado de la cultura universal que se da cita en nuestra tierra para dar paso al Festival Internacional Tamaulipas. Este festival es para los tamaulipecos, una de las manifestaciones más acabadas y significativas de nuestra cultura.”
Con estas palabras, presentó el gobernador Hernández Flores la XI edición del Festival Internacional Tamaulipas. Enseguida, encontramos en el programa de eventos a Amanda Miguel y Diego Verdaguer, al payaso Raymundín, a las muñequitas Mundo de Corazones y otras finuras que -he de decirte, Eugenio-, no son lo más destacado de la cultura universal, ni tampoco -y no me atrevo a interpretarlo literalmente- lo más acabado de nuestra cultura.
¡Congruencia, señores. Congruencia! Así como no todo lo que brilla es oro, no todo lo que entretiene es cultura, ni todo lo que divierte ilustra, nutre, enaltece, dignifica.
¿O cómo la ven, nos quedamos sólo con aquello de que al pueblo, pan y circo?
¡Se vino el otoño, raza, ahí nos vemos!



